jueves, 3 de agosto de 2017

Amigos de banco y bastón

Hace ya unos meses que le veo por el barranco de la Ballena donde, algunas veces hago mis caminatas mañaneras. Sentado en uno de los bancos, cada vez que paso, levanta su bastón y hace ademán de pegarme en las piernas unas veces, en la espalda o en las nalgas otras. De lejos he estado observándole y me he percatado de que sólo lo hace conmigo. La verdad es que me da un poco de coraje interno. ¿Qué diablos le he hecho yo a este señor para que la tome conmigo de esta guisa?.

Todo empezó hace unos seis meses. Estaba yo sentado en un banco del parque (luego resultó ser “su” banco) leyendo el periódico. Y de repente, veo aquel bastón en mi hombro y luego a su portador. Llegó a soltar el bastón por mi trasero cuando me levanté al ver los gestos violentos que hizo. Alejándome de allí, le pregunté en voz alta si estaba loco o qué. Se levantó y dando unos pasos grandes se acercó a mí con el ánimo de darme un bastonazo. Al pararlo con mi mano rebotó en su brazo y recibió su propio golpe. Más enfadado se puso. Me alejé de su presencia y el hombre intentó seguirme. Y lo consiguió en el tiempo que yo esperaba la llegada de la guagua en la parada. Y, para mi asombro, subió a la guagua,  sacando muy diligentemente su bono-guagua. Se puso de pie a mi lado levantando de vez en cuando el bastón y haciendo como que me iba a pegar. La gente se reía, mientras mi interior se enfurecía cada vez más, con ganas de darle un guantazo a aquel tío histérico. Las risas llegaron a ser carcajadas cuando la gente vio que yo me protegía con las manos del bastón mientras el conductor paraba el vehículo y bajábamos del mismo.

Entré en mi casa cerrando bien la puerta. Solo una lluvia, no muy intensa, que cayó una media hora después, hizo que el señor se fuera de allí. Día que voy al barranco, día que me lo vuelvo a encontrar. Pasado un tiempo ya solo hace el ademán de levantar el bastón. Y en la medida que pasan los días cambia de actitud y al tiempo que sonríe hago yo el ademán de darle un puñetazo. Hace poco me invitó a sentarme a su lado, al tiempo que, con algo de sorna, dejaba caer el bastón a un lado del banco. Dos horas largas estuvo el viejo Facundo contándome su historia desde que, en su juventud, tuvo que marcharse a Cuba para buscar qué comer su familia hasta después de su jubilación. Al siguiente día, al irme acercando, me sorprendió no verle sentado donde siempre. Me paré junto al banco y, mientras alzaba mi mirada a los cuatro lados para intentar verlo, un chiquito de catorce años me toca con el bastón diciéndome: ”por las zapatillas rojas que lleva, que me ha dicho mi abuelo Facundo, parece que es usted su amigo joven. Me ha encargado le diga no podrá venir estos días porque está enfermo y me ha dado esta hoja de papel para usted con su número de teléfono y su domicilio. Que está invitado y que, por favor, le guarde el bastón”.


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