martes, 5 de septiembre de 2017

El adiós de la abuela

Siendo adolescente estudió en una escuela que se llamaba ACADEMIA DE ENSEÑANZA LIBRE. Hoy con 99 años, conservando todo su conocimiento, se lo recuerda a sus biznietos. “Allí aprendí que mi tarea donde quiera que estuviera, empezando por la familia y acabando por mí misma, consistía en abrir las murallas que entorpecieran el paso de la gente. Por eso cantábamos: “Para hacer esta muralla tráiganme todas las manos. Los negros sus manos negras, los blancos sus blancas manos. Una muralla que vaya desde la playa hasta el monte, desde el monte hasta la playa allá sobre el horizonte.”

“A mis 18 años comencé a vivir las estrecheces de la guerra, y vinieron los fascistas a esta España nuestra y se cargaron muchas cosas bonitas, entre otras nuestras escuelas”. “No, no tiraron los edificios, lo hicieron peor todavía: tiraron a nuestros maestros y maestras. ¡Sí, los tiraron como agua sucia y algunos cayeron rodando por el barranco¡ Gracias al cielo, muchos pudieron escaparse y unos se fueron a París, otros a México, algunos a Uruguay, y también a la Rusia comunista”.

Aquella noche la abuela de las abuelas quiso celebrar su 99 cumpleaños reuniendo a la familia toda en el garaje de las guaguas del pueblo. Para que toda la familia cupiera en un salón -desde ella hasta el recién nacido, hijo de su nieto mayor, con quince días, sumaban doscientas una personas-, había que buscar el más grande del  pueblo. Micrófono en mano, más ágil que nunca en su voz, terminó sus palabras diciéndoles: “Por eso no me gusta, se los he repetido muchas veces, esos que aparecen ahora recordando a Franco como el mejor presidente que ha tenido España. No sólo destruyó las escuelas de la libertad, sino, recuérdenlo siempre, sus lugartenientes se llevaron a mi padre una noche de casa y nunca más volvimos a saber de él. ¿Qué delito había cometido mi padre? Opinar de forma diferente a Franco”.

“Hoy se los digo por última vez: estén en contra del pensamiento único. Defiendan la libertad de cada persona y de todos los pueblos. Nunca se crean superiores a nadie. Vivan convencidos de que todos somos iguales. Y, por favor, pórtense como hermanos, no solo entre ustedes sino con todos sus vecinos, compañeros de trabajo o de colegio”.

Y en ese momento se escuchó por el altavoz a Javi, su tataranieto de cinco años que, estando sentado a los pies de ella le pregunta: “¿Y por qué no nos lo vas a contar más, abuelita de las abuelas, con lo bonito que es ese cuento?”.

“No tendría que responder a esa pregunta con palabra alguna, mis hijos todos. Mañana o la semana próxima, ya me queda poco tiempo, me voy. Es tan bueno despedirnos como habernos conocido. He luchado con ustedes y ahora me toca descansar. Ya saben quién va a ocupar mi lugar (dirigiendo su mirada a su hijo Antonio de ochenta y un años)”. Dejó el micro a su hijo Antonio mientras, en la espontaneidad de la noche, varias voces a una cantaban: “Más allá del mar habrá un lugar donde el sol cada mañana brille más”.



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