martes, 5 de febrero de 2019

El Palmeral en el parque Juan Pablo II


Lo primero fue el agua. Eso fue lo que hizo el grupo cuando llegó al parque Juan Pablo: ir a donde el agua.

Peces y patos bailaban dejándose llevar por el aire. Y a la mente nos vino cuándo de pequeños nos revolcábamos en el agua y la tierra convertida en fango.

Aviones que sobrevolaban, flores plantas y racimos alrededor del estanque. Paseando por el parque vimos a aquellos niños que corrían en favor de una sociedad en paz y que así no cortan el fuego que siempre arde dentro de nosotros, primero por nuestros hijos, más tarde por nuestros nietos y siempre por el mundo mundial.

Era como ensanchar nuestro corazón para recordar que en lo que hoy parece una selva de silencio, por las aparentes cenizas de las palabras que hoy salen de nuestras bocas, en un tiempo daban luz a los que estaban a nuestro lado y con ella vamos a seguir alumbrando todas las noches que nos quedan en la tierra. Nadie más tiene por qué hacernos callar y nadie tiene razones para ello.

Con ese espíritu volvemos a la residencia, unos cojeando, otros apoyados en Pablo, Aday y Christian. Y, ya de vuelta, reunidos en el salón de El Palmeral, queremos confesarles que a pesar de ser mayores -a pesar de ser viejos dirían algunos-, hoy queremos cantar que nuestro corazón sigue teniendo ganas de amar y en nuestro cuerpo otro montón de ganas... de bailar y de dejarnos llevar por la música, cosa a la que con Mari Carmen recordamos, tales como aquellos ojos bonitos que tú tienes mientras cantamos malagueña salerosa.

Pues es cierto que… toda una vida estaremos contigo,
no me importa en qué forma,
ni cómo, ni dónde,
pero junto a ti”.



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