sábado, 16 de febrero de 2019

Pekín, mon amour


- ¿Y te extraña que la gente vaya con mascarilla por la calle?
- ¡Hombre! Reconóceme que no es lo más normal. Pero aquí ya veo que estáis acostumbrados.
– No es costumbre, es cuestión de necesidad Y soltó una risa que llamó la atención de la gente que teníamos alrededor. Mucha gente, mucha, mucha gente, cantidad de gente. Os doy mi palabra.

Mi amigo Yuan Shiu –“Juan”, para sus amigos españoles- estábamos en la estación para regresar a Pekín desde Tianjin. Esperábamos un tren de esos ultramodeno, que alcanza velocidades de más de 400 kilómetros por hora, y que une ambas ciudades.

Todo ha cambiado -y muy deprisa- desde que, a finales de los 90, fue uno de los primeros estudiantes becados por el gobierno chino para aprender español en nuestro país. Ya habían quedado atrás la Revolución Cultural y aquel terrorífico periodo de “La banda de los cuatro”.  Sus dirigentes habían comprendido la necesidad de abrirse al mundo, de romper con un pasado tan glorioso como dramático. Aun le recuerdo, tan enjuto como ahora, detrás de unas gafas, aparentemente inseguro, pero con unas ganas inmensas de empaparse de todo lo que una ciudad europea pudiera ofrecerle. Y supo aprovecharlo.

Cuando regresó a su tierra, él, como muchos de su generación, supo aplicar lo aprendido, y hoy su país es capaz de lanzar satélites a la estratosfera con la misma y primorosa sutileza con la que los orfebres de las antiguas dinastías dibujaban delfines en el jade de los emperadores. Todo un arte.

– Lo que no me imaginaba yo es el frío que hace en tu país -le dije-. Te confieso que debajo de los pantalones llevo un leotardo que compré ayer en el mercado que había cerca del hotel.
– Yo también -me contestó por lo bajo entre risas.

Hoy Yuan es un técnico de alto nivel en lo que aquí sería el Ministerio de Asuntos Exteriores chino. Y viaja con frecuencia por medio mundo, con la misma actitud humilde de quien piensa que aún le queda mucho por aprender. No solo se maneja con sorprendente fluidez en nuestra legua. Inglés, italiano -y no sé que más- son parte de las herramientas de su trabajo diario. Y, además, ha desarrollado un don de gentes que le ha permitido mantener los viejos contactos, las amistades, que ha ido ganándose con el tiempo. Se ha recorrido las más importantes capitales del mundo, pero sigue enamorado de su Pekín -o Beijín, que dicen ahora-. Una ciudad que intenta controlar su superpoblación -¡21 millones y medio de ciudadanos!- y con graves problemas de contaminación del aire. Y no es la única megaciudad china con similares problemas.

Lo sabe, pero, cuando surge el tema, aflora su mentalidad oriental…

- A nosotros nos tocaba colocar a nuestro país entre las tres primeras potencias económicas del mundo…, acabar con el hambre que durante milenios ha azotado a nuestra gente. Era nuestro reto y estamos a punto de conseguirlo. A la próxima generación le tocará resolver ese problema. Si no ¿De qué podrán estar orgullosos ante sus padres y sus hijos?



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