miércoles, 6 de febrero de 2019

Refugiados


Hace mucho frío en aquel portal. Frío en el suelo. Frío en las paredes. Está acostumbrada. Hace dos meses encontró ese recoveco en el campo de refugiados mientras buscaba un sitio tranquilo para reflexionar. Y así y todo, hay momentos en que se encuentra sin aliento. Sobre todo ahora que comienza a sentir las primeras contracciones del parto, del cual ya ni se acordaba.

Esto va a ser una de las noches más largas de su vida. A la siguiente contracción grita y chilla fuerte. Incluso blasfema. El suelo está cubierto de agua y sangre. Lo primero es normal. Lo segundo le  asusta. Está sola. Desnuda. No hay mula ni buey. Tampoco está su compañero. Ha tenido que ir a las afueras del campamento para defenderse de los militares rusos que no les dejaban acampar. Ella no esperaba ponerse de parto tan pronto. La mujer grita una vez más. Y por fin aquella criatura se asoma al invierno más frío y seco de los últimos años.

Se asoma sin hablar pero no en silencio. Como todos al nacer la niña también llora. La madre la toma en brazos y siente como para ella ya alcanza una infinita grandeza. Es su madre. Es su primera hija. Y mirando para ella, piensa en lo que le gustaría decirle. Que recuerde siempre la vida es bella, que su destino está en los demás. Qué su dignidad es igual a la de los demás seres. Que mucha gente estará esperando su sonrisa.

Aquella mujer desnuda y salvaje en un portal helado y oscuro es una simple cifra. Una unidad más en un número redondo con seis ceros y algunos cientos de miles más, huidos de su tierra, de su vida,  de su pasado, de sus ancestros.

Refugiados” les llaman. Ella, que ha nacido un 18 de diciembre, es una más.

Esta mujer además es maestra. Lleva dos años sin trabajar y lo seguirá siendo toda su vida aunque no pise una escuela. Para ella no es una profesión, sino una vocación. La primera víctima de la guerra que vio fue un alumno suyo. Por eso el nombre del pequeño llegó a ser el nombre de su escuela en Damasco. En el campo de refugiados siguió enseñando a los niños con la esperanza de volver a Siria, porque estaba convencida que su futuro y el de su hija, recién nacida, no estaba en las ruinas.



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