sábado, 22 de junio de 2019

La colección de puntas de flechas

- ¡Cuidado no se rompa! Es dura, pero puede partirse. Con precaución.
- ¡Caray, ni que fuera acero valirio!

Pero no me entendió la broma. No era muy aficionado a ver series de televisión y por tanto, no había visto ni un solo capítulo de Juego de Tronos. Así que siguió contándome para qué usaban aquello los antiguos.

Se levantó de su escritorio y se acercó a las estanterías, llenas de pequeños cajones, en los que guardaba, con mimo, las piezas de su propia colección de antigüedades. Velázquez -que así le llamábamos los compañeros del colegio, siempre nos nombrábamos por el apellido y después mantuvimos la costumbre…-, se inclinó por la Antropología, yo por Económicas, pero a los dos nos unía la pasión por la Historia.

Depositó en el escritorio una bandeja con pequeñas piezas de un material similar al de la que me enseñó antes.

- Estás las encontré yo mismo en Méjico, estas otras son de obsidiana de Lanzarote, estas… Estas no me acuerdo. ¿Qué pone la etiqueta que hay abajo?

Había puntas de flecha y cuchillos pequeños de medio mudo, hasta de Hawaii.

- ¡Claro! Allí donde hay volcanes hay obsidiana. Pero las necesidades de la gente son las mismas: cazar, guerrear. Y este es un magnífico elemento para ello. Pasa lo mismo con los huesos de animales. Hay botones de bisonte, de antílope, de caballo por medio mundo. Incluso comerciaban unos pueblos con otros.

De regreso a casa iba pensando en lo que me contaba Velázquez. Me sonreí comprobando que lo que decía era verdad. Cambian las tecnologías, las costumbres, pero el ser humano es muy parecido en todo el mundo. Si acaso, algunos nos hemos vuelto más cursis. Ahora pedimos “Cherry Muffins” a lo que en el barrio antes le llamábamos madalenas rellenas de mermelada de cerezas.



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