martes, 25 de junio de 2019

Leyenda canaria

Cuando iba a la escuela, nuestro director siempre nos motivaba a leer y a escribir sobre nuestra tierra para llevarla siempre anclada en la sangre y nos contaba historias que luego iba recogiendo en algunos pequeños libros que a final de curso nos regalaba a modo de memorándum. Recientemente volví a Lanzarote y escuche a unos niños preguntar qué eran esas piedras preciosas en color verde que se incrustaban en el malpaís, y su padre, indiferente, respondió una barbaridad que al niño no contentó. Fue entonces cuando me vino a la cabeza la historia de la Olivina.


Hace muchos años, cuando la tierra de Lanzarote aun estaba caliente por el fuego de los volcanes, los campesinos hacían vida a la orilla del mar buscando el zócalo de los acantilados y la brisa del mar.
Y era de todos conocidos que las mejores cabras las tenía Tomás el viejo, que vivía más allá de las Playas de Papagayo, en el macizo de Puerto Mulas. En verano su nieta Olivina, una adolescente de piel morena tostada al sol y de ojos verdes, pasaba con él los días para ayudarle a ordeñar al ganado y en las tareas de la casa. La niña era bastante despistada, pero lo suplía con un especial encanto que maravillaba a su viejo abuelo.
Todas las mañanas Tomás salía por la vereda del risco y llevaba a sus cabras a pastar a los lugares más recónditos para que se criaran fuertes y sanas. Pero uno de esos días el sol de la isla pudo con el hombre y llegó a casa antes de lo previsto con una fuerte insolación. Olivina cuidó de él mientras mejoraba.
A pesar de lo mal que se encontraba Tomás el Viejo, las cabras debían seguir pastando o si no también enfermarían por las altas temperatura. Tomás, en otras circunstancia no habría permitido que Olivina saliera de casa con las rumiantes, pero no quedaban más opciones. Así que advirtió a su nieta: “queda en tu mano cuidar a las cabras, no permitas que le pase nada a ninguna”. Dicho esto, Olivina se preparó e hizo el mismo recorrido que su abuelo hacía cada día.
Durante el camino, Olivina se entretuvo buscando flores para llevárselas a su abuelo y también en encontrar otros y mejores llanos para que pastaran los animales. Ahora bien, sus descuidos con los animales no trajo ninguna consecuencia, pero cuando llegó el momento de la bajada, con el recuento, echó en falta a una de las cabras. De pronto la vio subida en un desfiladero de rocas sin poder moverse.
Apresuró el paso tentando la caída varias veces y agarró una de las patas del animal, pero este se asustó y cayó por el precipicio. Olivina estaba totalmente paralizada, pero sabía que debía correr a guiar al resto de las cabras.
Cuando llegó a la orilla del mar se puso a llorar desconsoladamente lágrimas verdes. Lágrimas verdes que el mar recogía en forma de gotas que no se diluían en el agua salada. La estampa fue presenciada por un grupo de gaviotas que eran guardianes del cielo de la diosa Timanfaya. Aturdidas por el sufrimiento de la niña descendieron de los cielos para coger en su pico las pequeñas lágrimas. Con las lágrimas en los picos, Timanfaya las hizo llamar y les pidió que sepultaran en las piedras volcánicas esas lágrimas verdes que eran sinónimo de dolor.
La magia ocurrió cuando piedra y lágrima se unieron formando lo que hoy conocemos como Olivina, que no es otra cosa que la mezcla de la tierra y ser humano.

(Tomada del blog https://sobrecanarias.com/2009/09/07/la-leyenda-de-la-olivina-en-lanzarote/)


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