miércoles, 21 de marzo de 2018

Competir vs. compartir


A  diario competición se multiplica por millares. Compartir, posiblemente en un trance de optimismo, llegue a multiplicarse por decenas. Utopía barata la mía cuando el odio y el egoísmo, entre los grupos y colectivos, prima por doquier. Ahí tenemos al llamado estado islámico al que solo se le ve como solución su liquidación física. ¿Por qué hay gente que no es capaz de sentarse a dialogar?

La competición brilla en el mundo de la política. En situaciones normales basta que un partido dé una idea justa y razonable, para que el otro la tire por los suelos presentando aquella misma propuesta mejorada o por lo general más endiablada y difícil de llevar a cabo. ¿Por qué habremos convertido la democracia en una partitocracia?

Y en situaciones especiales, como las preelectorales, lo normal se hace extraordinario. Que un presidente de gobierno salga a la calle y camine por ella (eso sí, rodeado de su amplio equipo de seguridad personal), salude a la gente, se pare a hablar con ella es algo que se recibe con aplausos y sorpresas. ¿No debería ser el pan de cada día encontrárnoslo por la calle y que se parase a escucharnos? Igual ese es el gran problema de políticos y de no políticos, de padres e hijos, de profesores y tertulianos, de blogueros y vecinos de las redes sociales…, el problema de haber aprendido a hablar sin saber escuchar, haciendo del competir el matarife del compartir.



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