viernes, 29 de septiembre de 2017

Diario de Miguel

He estado en casa de Jero. Hoy ha resultado difícil compartir historias y contarnos nuestras cuitas. Estaba totalmente centrado en la investigación del origen y procedencia de una balsa que recientemente había aparecido por las costas del norte de la isla y que portaba tres viejos baúles, parecidos a los de los piratas de antaño, que contenían viejos mapas de los que, aunque es lo que señalaban. Solo conversamos el tiempo que me llevó comerme una naranja de las que siempre tiene junto a su mesa de escritorio. Para él son sus botellas de agua de cada día.


He vuelto de su casa con la cartera llena de documentación: libros, revistas y algunos artículos que él había recortado hace tiempo. De entre los libros me ha tocado la curiosidad uno titulado: “Bajo la influencia de las muñecas rusas”. Se trata, al parecer, de una leyenda que cuenta cómo los vecinos de un pueblo se comprometían cada uno a darles acogida diariamente a tres muñecas pequeñas y pegadas, pasándoselas de uno a otro y que solo se podían poner sobre una piedra agujereada que sirviera como base de las imágenes que se pasaban. Lo básico de la leyenda está en que el día que se te olvidaba pasarla al vecino correspondiente la situación climática del pueblo cambiaba a negativa. Era siempre el aviso de que alguien estaba fallando en la cadena del compartir y el recuerdo permanente de que amar no es tanto algo que te da el otro, sino el amor es lo que uno da y comparte. Y era, a su vez, la señal de que en aquel pueblo había una buena y positiva energía amorosa.



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