sábado, 9 de septiembre de 2017

Una lección de humildad (extractado de James Baldwin, EEUU, 1924-1987)


Celebraban estar practicando una política internacional que nadie criticaba y cuyo reconocimiento iba cada año en aumento. Hace unos años fueron declarados miembros vivos y activos de la comisión internacional de la ONU para los DD.HH. Un país donde la libertad de expresión no existe ni en las novelas de ficción y, cuando aparecen son castigadas. Un país que este año ha sido considerado miembro activo de la comisión internacional de igualdad entre mujeres y hombres. Un país donde las mujeres no pueden abrir cuentas corrientes ni vender una propiedad sin permiso escrito y autorizado de sus maridos.

El banquete celebración se hizo en un gran salón donde las paredes estaban adornadas de esmeralda y piedras preciosas-  los hombres más nobles de la región. Cierto día el califa Harun al Raschid organizó un gran banquete en el salón principal de palacio por la existencia del templo de adoración a Alá.

Las paredes y el cielo raso brillaban por el oro y el lujo con las que estaban adornados. Y la gran mesa estaba decorada con exóticas plantas y flores. Allí estaban los hombres más nobles de toda Persia y Arabia. También estaban presentes como invitados muchos hombres sabios, poetas y músicos. Avanzada la fiesta, el califa pidió al poeta contratado a tal invento comenzara su trabajo.

-Oh, príncipe hacedor de hermosos poemas, muéstranos tu habilidad, describe en versos este alegre y glorioso banquete.”

El poeta, en pie, empezó con estas palabras:
-¡Salud!, oh califa, y goza bajo el abrigo de vuestro extraordinario palacio.
-Y que en cada nuevo amanecer te llegue también una nueva alegría. Que cada atardecer veas que todos tus deseos fueron realizados.
-¡Bien, bien! Sigue pues con tu poema.

El poeta se inclinó ligeramente en señal de agradecimiento por tan deferentes palabras del califa y prosiguió:
-¡Pero cuando la hora de la muerte llegue, oh mi califa, entonces, aprenderás que todas las delicias de la vida no fueron más que efímeros momentos, como una puesta de sol.

Los ojos del califa se llenaron de lágrimas, y la emoción ahogó sus palabras. Cubrió su rostro con las manos y empezó a sollozar.

Luego, uno de los oficiales que estaba sentado cerca del poeta alzó la voz:

-¡Alto! El califa quiso que lo alegraran con cosas placenteras, y tú le estás llenando la cabeza con cosas muy tristes.
-Deja al poeta solo –dijo Raschid-. Él ha sido capaz de ver la ceguera que hay en mí y trata de hacer que yo abra los ojos.


Harun al Raschid (Aaron el Justo)



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