sábado, 2 de diciembre de 2017

El regresado

Había regresado del continente africano donde vivió cuarenta y cinco años. Tenía ochenta y dos, o sea, se marchó a los ventisiete años, abierto a una vida nueva, pero dejando ya muchas cosas atrás. Sin embargo, se tropezó con cosas, experiencias y realidades que no se imaginaba. Nunca pensó iba a estar tanto tiempo seguido. Volvió porque su hija, con cuarenta y cinco años, a quien no conocía, pues nació pocos meses después de su marcha, había contraído una enfermedad mortal. Al enterarse de ello se dijo a sí mismo: no puedo dejar que se vaya con los espíritus del universo sin darle un beso. Había aprendido que las relaciones personales con la familia en las tribus africanas donde vivió y trabajó son algo esenciales, tal que cuando uno del pueblo envejece, lo tratan con más mimo, le hacen una tienda de campaña nueva y con buena tela separada del conjunto de los demás y todos los días recibe la visita del grupo de pequeños de sus tribus que se acercaban a ver lo que hacía y como lo hacía, a escucharle y aprender, pues de la sabiduría de los viejos va creciendo la novedad del cambio social de los nuevos. Si lo había hecho con los que le acogieron, con más razón con aquella en cuya vida era también como parte de la suya.

Cuarenta y cinco años con esa experiencia viva tanto recibiendo de los ancianos en su edad más joven, como aportándolo a los recién venidos cuando ya comenzó la etapa de su ancianidad. No quiso, por tanto, dejar estas costumbres sin ponerlas en marcha en su pueblo que le volvía a acoger. Y así todos los días, después de arreglar la pequeña cabaña que le hicieron, según sus indicaciones, en la parte trasera de la finca de su familia, y de estar al amanecer con su hija, salían a la plaza, y durante una media hora larga jugaba al baloncesto con los chicos allí reunidos. Sentado a descansar en uno de los recovecos de la plaza, los críos se le acercaban preguntándole cosas que a él le daba ocasión para responderles con costumbres comunitarias de las tribus africanas, así como contarles leyendas de aquel continente que daban pie a actitudes de honestidad y hermandad con los demás.

Aquella noche que pasé en el pueblo seguí de cerca el movimiento de los niños con el anciano, y escuché como este, lleno de contento, le contaba a los chicos cómo había convencido a los de su edad y cercanías a recuperar los aires musicales del pueblo en una pequeña banda orquestal que ensayaría dos veces por semana y tocaría todos los sábados a la salida de la misa del pueblo.


Y así, con hechos similares y continuos, siguió la historia de aquel pueblo donde el hijo perdido y vuelto a encontrar les abrió un nuevo camino, pues no solo había que enseñar a los jóvenes a ganarse la vida sino también a vivirla.


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