domingo, 4 de noviembre de 2018

El secreto de Guillermo


Los diez últimos minutos eran los que más largos se le hacía, especialmente hoy. Tampoco quería que nadie le viera ansioso. No le apetecía tener que improvisar una respuesta y contar la verdad -su otra vida fuera de las cuatro paredes de la oficina-. Ya le había costado algún que otro disgusto. Incomprensible, pero así era.


Primero llegar a casa, matar el hambre con cualquier cosa y quizás unos minutos en el sofá, los justos para echar una cabezadita, recuperar un poco las fuerzas. La noche podía ser larga -en estos casos, se sabe cuando empiezas pero no cuando acabas-. No era la primera vez y, quizás, no fuera la última que había tenido que empalmar unas cosas con otras y plantarse de nuevo en la oficina sin haber podido pasar por casa.

“Cinco minutos más y ya”, se dijo a sí mismo. El resto de compañero ya estaba recogiendo, cerrando sus ordenadores o mirando los últimos “guasap” recibidos. Se fijo en sus caras, se sabía sus vidas de memoria: el padre con dos hijos, harto de su vida previsible; Martita –“la nueva”, aunque llevaba más de un año entre ellos- estudiante preparando su acceso a la universidad para mayores de 25 años. No hablaba de otra cosa que no fuera de las putadas que le hacía su novio… y así sucesivamente, uno tras otro.

¿A quién contarle que esta noche le esperaban al otro lado de la ciudad para pasarse horas haciendo algo totalmente diferente a su trabajo diario de mover papeles y cuadrar balances? Cuando alguna vez, hace ya tiempo salió el tema recibió tantas críticas que, desde entonces prefirió mantenerlo en secreto. No lo entendía, él se sentía orgullos, le llenaba, o por lo menos le compensaba con creces de otros vacíos. Daba igual la razón.

- ¿Te vas para casa o tienes plan? -le preguntó su compañero de la mesa de la derecha.

– Sí, a casa -le respondió escuetamente Guillermo. E hizo ademán de estirar los músculos, desperezarse, para darle tiempo a salir y no dar más explicaciones.

Precisamente él fue uno de los que torció el gesto cuando se lo comentó una vez.

- ¿Y tú pierdes el tiempo en esas cosas? Esos son problemas que tiene que resolver el gobierno. Además, ahí debe haber gente que no se merece el esfuerzo. A saber cuánto aprovechado os la cuela…

Los pocos, mucho menos de los que pensaba, que recibieron la novedad con agrado se quedaron en eso.

-¡Jo! Te admiro de verdad. Yo no podría ¿Y no es peligroso? -le llegaron a preguntar.

Hasta su jefe, el titular de un bufete de abogados de relativo prestigio le llamó una vez a parte para que le aclarara el tema.

– A mí no me importa lo que haga usted fuera de sus horas de trabajo. Pero lo que le pido -aunque a Guillermo le sonó más a una exigencia que a un ruego- es que “eso” (textualmente dijo “eso”) no influya en su rendimiento laboral…

Desanimado, no entendiendo nada, en adelante prefirió no volver a sacar el tema y evadir cualquier pregunta relativa a “su otra vida”. A fin de cuentas ¿cómo explicarle a la gente que dos, tres, cuatro veces -o las que fueran necesarias- a la semana, a la salida de su trabajo, Guillermo dirige sus pasos a un viejo local, más un almacén que otra cosa, en cuya fachada, pintado a mano, cuelga un cartel que dice “Banco de Alimentos”. Dentro, siempre-siempre hay alguien esperando…, esperando que alguien como Guillermo le ayude a salir del paso de una urgencia acuciante. A él le toca arremargarse. Lo mismo toca cargar o descargar las donaciones que llegan, que hacer las fichas para llevar un control de lo que va quedando.





Allí se pasará las horas que procedan hasta que no quede a nadie que atender, el último bote de tomate que colocar en una estantería y escuchar alguna de las historias que algún compañero cuente o vivido en esas largas jornadas que en más de una ocasión acaban cuando ya sale el sol.


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