lunes, 29 de enero de 2018

Vocación

Se había dedicado a la tarea social. Más bien se podría decir que se había entregado de lleno. Iba dentro de su sintonía vital: a los demás los sentía parte esencial de su vida. Era de las que pensaba: Cuanto más libre sea el otro, más libertad tendré yo. Cuánto más integrado en la sociedad esté aquel que logra sobrevivir aún sin trabajo, más tranquilidad social viviría ella también.

Sabía que no le bastaba la buena intención, que para ello necesitaba formarse. Y en un esfuerzo logró sacar al mismo tiempo la graduación como trabajadora social y como animadora socio-cultural. Desde ahí comenzó a hacerse presente en las plataformas sociales de integración de los más débiles. Y pronto descubrió que, si bien no podía hacer suyo personal los problemas que día a día le traían muchas personas, para poderlas atender bien, no le bastaba verlas como simples usuarios. Cada uno de los que tenía delante era unas personas con su nombre y apellidos, con su historia personal. Por eso cuando se reunía con sus compañeros de trabajo no hablaba de “los usuarios “, sino que comentaba “Pedro y Andrea, …los hijos de Juan Ramón”. Era una forma externa de expresar que también hace falta amor y delicadeza con cada persona. Y eso no era fácil. Todo trabajo que lleve consigo el trato con personas implica, más que la solución de unos papeles o la venta de un objeto, el atender a cada persona como se merece. De ahí que en su barrio fuera a comprar a la frutería que le quedaba un poquitín más lejos. Allí el dependiente la saludaba, le sonreía, la llamaba por su nombre. En la otra la chica encargada, con el ceño fruncido, solo miraba a la máquina, bien de pesar, bien de calcular la suma. Era feliz viendo que al trabajar para los otros estaba también amando a los demás.




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