jueves, 4 de octubre de 2018

Abdulah (II)


Tenía que madrugar. Sabía que por lo menos de la prueba médica en el hospital no me iba a librar. Dentro de mi surgía la protesta. Con todo lo que ha avanzado la ciencia para que más sangre. Y la sangre siempre me recuerda esa con la que se rebosa miles de caminos en el mundo yertos y en declive, que parecen espartos exprimidos. Iba con la intención de poner punto final. Pero, mirándome por el rabo del ojo, me han dicho que a la izquierda, a la derecha, por el sur y el norte, tendré que volver el mes próximo.

¿Por qué? me pregunto, y a la vuelta a casa me he parado a charlar con mi vecino, el viejito Abdulah, como hago algunas tardes cuando regreso a casa con la cabeza en las nubes, ya que ello me produce alivio y paz.

- ¿No te cansas todo el día sentado en el portal de tu casa?
- No. Estoy viendo una película. Con imágenes nuevas. Nadie lleva mordazas. Y los que mueren eligen que sus cenizas reposen en esa isla donde el mar siempre siga trayendo libertad a sus orillas. De vez en cuando me río con los chistes que escuche ayer. Y vuelvo a recuperar los mundos perdidos. Y cuando no entiendo algo de lo que pasa recuerdo el decreto firmado por los dos y sonrió. Además hoy estoy contento porque han colgado una bandera, larga y ancha, que dice a nadie se le permitirá el uso de las balas. Por fin ya nos hemos dado cuenta que poco es lo que se resuelve con metralla y látigo. Igual por todo eso me piden más sangre. Ojalá sirva para algo que ellos no han sabido hacer.



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