domingo, 10 de junio de 2018

Intuición

Cansada de ser espectáculo para los demás, cansada de estrenar traje cinco veces al día, cansada de aquellos ojos aviesos de primera fila que cuando pasaba a su lado solo escuchaba palabras mal sonantes, cansada de ir por la calle y ver cómo le dirigían silbidos, no siempre placenteros. Cansada, también, de tener al espejo como compañero infatigable de todos sus viajes y paseos fuera de la localidad. Cansada, harta y hasta el gorro, de todo ellos se dijo a sí misma: Dejo este asqueroso mundo y me dedico a otra cosa.

Decidida mentalmente no se atrevía a dar paso. Analizaba su cuenta corriente, sus depósitos bancarios, la cantidad de dinero que había acumulado con su trabajo de top-model y pensaba se lo gastaría pronto y no podría vivir al estilo lujoso que hasta ahora sus ganancias se lo permitían.

Una tarde -siempre que le preguntan el motivo no sabe responder- estando de trabajo en Bilbao, salió del hotel vestida de la forma más sencilla posible que nadie la reconocería. Su intención: conocer barrios de la ciudad. Subió al metro y se montó en la primera línea que llegaba bajándose, al azar, en la estación de Zabalburu. Al salir, un poco más adelante, se encontró con la calle San Francisco que da nombre al barrio en cuestión: el barrio San Francisco, con una calle donde hay todo tipo de moros, gitanas, drogadictos; una especie de güetos de extranjeros donde cada cual campa por sus anchas. Grafittis de todos los signos muestran a la cara la globalización de lo subterráneo. Grafitis en las paredes escritos desde árabe hasta con el acento sudamericano, encontrándose también con carteles que anunciaban un encuentro intercultural. Entró para ver el espectáculo quedándose sorprendida, no solo de los que actuaban, sino de los que lo dirigían. Y escuchó cómo aquello se había logrado gracias a que algunas persona del mismo barrio o de sus alrededores, incluso del Bilbao Viejo, en lugar de quedarse cómodamente en sus casas, giraban su mirada hacia lugares más olvidados, gente que luego deciden organizarse y crear instituciones con el fin de ayudar a desarrollar la calidad de vida de otras personas. Tentada a sacar de su bolso unos 800 euros que llevaba y dejarlas allí par la continuación de sus trabajos, le vino la intuición, al conocer en el escenario la persona que dirigía el cotarro, qué mejor que dinero entregar su persona. Y así fue como entre aquellas organizaciones conoció a una que realiza acciones encaminadas a llevar la salud a la población y que se ha extendido más allá del barrio de San Francisco llegando hasta lugares como Ghana, a donde, tres meses después de conocerles, se incorporó al equipo que allí trabajaba con el fin de intentar mejorar la vida a personas que han caído en el olvido más grande de la humanidad.

Lo mejor de este su cambio es que todos los de la empresa espectáculo se enteraron de su ida del trabajo, pero nunca nadie supo cuál había sido su destino. Años más tarde, por una de esas casualidades, su rostro, como miembro integrante de una de aquellas comunidades, salía en una revista africana titulada Mundo Negro. Un periodista que logró encontrarla se cansó de seguirla y cuestionarla. Ella solo les dijo: “Yo no soy la que ustedes dicen. Se equivocan. Conocí por casualidad a esa mujer que siempre se miraba al espejo se veía a sí misma, y yo, sacando un espejo con arañazos de su mochila, cuando me miro al espejo siempre veo a los demás”.

Que se sepa, Isabella no se ha arrepentido ni una sola vez de la decisión que tomó aquel día.



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