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domingo, 10 de mayo de 2020

Un corazón imperfecto

Un día un hombre joven se situó en el centro de un poblado y proclamó que él poseía el corazón más hermoso de toda la comarca.

Una gran multitud se congregó a su alrededor y todos admiraron y confirmaron que su corazón era perfecto, pues no se observaban en el ni máculas ni rasguños.

Sí, coincidieron todos que era el corazón más hermoso que hubieran visto. Al verse admirado el joven se sintió más orgulloso aún, y con mayor fervor aseguró poseer el corazón más hermoso de todo el vasto lugar.

De pronto un anciano se acercó y dijo: "¿Por qué dices eso, si tu corazón no es ni si por asomo tan hermoso como el mío?

Sorprendidos la multitud y el joven miraron el corazón del viejo y vieron que, si bien latía vigorosamente, éste estaba cubierto de cicatrices y hasta había zonas donde faltaban trozos y éstos habían sido reemplazados por otros que no encastraban perfectamente en el lugar, pues se veían bordes y aristas irregulares a su derredor. Es más, había lugares con huecos, donde faltaban trozos profundos.

La mirada de la gente se sobrecogió.

- ¿Cómo puede él decir que su corazón es más hermoso?", pensaron...

El joven contempló el corazón del anciano y al ver su estado desgarbado, se echó a reír

- Debes estar bromeando -dijo-. Compara tu corazón con el mío... El mío es perfecto. En cambio el tuyo es un conjunto de cicatrices y dolor".
- Es cierto - dijo el anciano-, tu corazón luce perfecto, pero yo jamás me involucraría contigo... Mira, cada cicatriz representa una persona a la cual entregué todo mi amor.  Arranqué trozos de mi corazón para entregárselos a cada uno de aquellos que he amado. Muchos a su vez, me han obsequiado un  trozo del suyo, que he colocado en el lugar que quedó abierto. Como las  piezas no eran iguales, quedaron los bordes por los cuales me alegro, porque al poseerlos me recuerdan el amor que hemos compartido. Hubo oportunidades en las cuales entregué un trozo de mi corazón a alguien, pero esa persona no me ofreció un poco del suyo a cambio. De ahí quedaron los huecos. Dar amor es arriesgar, pero a pesar del dolor que esas heridas me producen al haber quedado abiertas, me recuerdan que los sigo amando y alimentan la esperanza, que algún día tal vez regresen y llenen el vacío que han dejado en mi corazón. ¿Comprendes ahora lo que es verdaderamente hermoso?

El joven permaneció en silencio, lágrimas corrían por sus mejillas. Se acercó al anciano, arrancó un trozo de su hermoso y joven corazón y se lo ofreció.

El anciano lo recibió y lo colocó en su corazón, luego a su vez arrancó un trozo del suyo ya viejo y maltrecho y con él tapó la herida abierta del joven. La pieza se amoldó, pero no a la perfección. Al no haber sido idénticos los trozos, se notaban los bordes.

El joven miró su corazón que ya no era perfecto, pero lucía mucho más hermoso que antes, porque el amor del anciano fluía en su interior.



martes, 25 de junio de 2019

Leyenda canaria

Cuando iba a la escuela, nuestro director siempre nos motivaba a leer y a escribir sobre nuestra tierra para llevarla siempre anclada en la sangre y nos contaba historias que luego iba recogiendo en algunos pequeños libros que a final de curso nos regalaba a modo de memorándum. Recientemente volví a Lanzarote y escuche a unos niños preguntar qué eran esas piedras preciosas en color verde que se incrustaban en el malpaís, y su padre, indiferente, respondió una barbaridad que al niño no contentó. Fue entonces cuando me vino a la cabeza la historia de la Olivina.


Hace muchos años, cuando la tierra de Lanzarote aun estaba caliente por el fuego de los volcanes, los campesinos hacían vida a la orilla del mar buscando el zócalo de los acantilados y la brisa del mar.
Y era de todos conocidos que las mejores cabras las tenía Tomás el viejo, que vivía más allá de las Playas de Papagayo, en el macizo de Puerto Mulas. En verano su nieta Olivina, una adolescente de piel morena tostada al sol y de ojos verdes, pasaba con él los días para ayudarle a ordeñar al ganado y en las tareas de la casa. La niña era bastante despistada, pero lo suplía con un especial encanto que maravillaba a su viejo abuelo.
Todas las mañanas Tomás salía por la vereda del risco y llevaba a sus cabras a pastar a los lugares más recónditos para que se criaran fuertes y sanas. Pero uno de esos días el sol de la isla pudo con el hombre y llegó a casa antes de lo previsto con una fuerte insolación. Olivina cuidó de él mientras mejoraba.
A pesar de lo mal que se encontraba Tomás el Viejo, las cabras debían seguir pastando o si no también enfermarían por las altas temperatura. Tomás, en otras circunstancia no habría permitido que Olivina saliera de casa con las rumiantes, pero no quedaban más opciones. Así que advirtió a su nieta: “queda en tu mano cuidar a las cabras, no permitas que le pase nada a ninguna”. Dicho esto, Olivina se preparó e hizo el mismo recorrido que su abuelo hacía cada día.
Durante el camino, Olivina se entretuvo buscando flores para llevárselas a su abuelo y también en encontrar otros y mejores llanos para que pastaran los animales. Ahora bien, sus descuidos con los animales no trajo ninguna consecuencia, pero cuando llegó el momento de la bajada, con el recuento, echó en falta a una de las cabras. De pronto la vio subida en un desfiladero de rocas sin poder moverse.
Apresuró el paso tentando la caída varias veces y agarró una de las patas del animal, pero este se asustó y cayó por el precipicio. Olivina estaba totalmente paralizada, pero sabía que debía correr a guiar al resto de las cabras.
Cuando llegó a la orilla del mar se puso a llorar desconsoladamente lágrimas verdes. Lágrimas verdes que el mar recogía en forma de gotas que no se diluían en el agua salada. La estampa fue presenciada por un grupo de gaviotas que eran guardianes del cielo de la diosa Timanfaya. Aturdidas por el sufrimiento de la niña descendieron de los cielos para coger en su pico las pequeñas lágrimas. Con las lágrimas en los picos, Timanfaya las hizo llamar y les pidió que sepultaran en las piedras volcánicas esas lágrimas verdes que eran sinónimo de dolor.
La magia ocurrió cuando piedra y lágrima se unieron formando lo que hoy conocemos como Olivina, que no es otra cosa que la mezcla de la tierra y ser humano.

(Tomada del blog https://sobrecanarias.com/2009/09/07/la-leyenda-de-la-olivina-en-lanzarote/)


miércoles, 13 de diciembre de 2017

Mito de la Creación del Mundo (Apache)

(Los animales, elementos, los astros y los fenómenos naturales son venerados por los apaches. Todo lo que está más allá de su comprensión siempre se atribuye a lo sobrenatural)

Al principio nada existía. No había tierra, ni cielo, ni sol, ni luna. Solamente la oscuridad estaba en todas partes. De pronto, de entre la oscuridad surgió un disco delgado, con un lado amarillo y el otro lado blanco. Apareció suspendido en medio de la nada. Dentro del disco había un pequeño hombre: el Creador -El Que Vivía Anteriormente-. Estaba sentado. Como si se despertara de un sueño, se frotó los ojos y cruzó sus brazos.
Cuando parecía que nada iba a cambiar y que la oscuridad duraría para siempre, la luz apareció. El Creador miró hacia abajo y surgió un mar de luz. Miró hacia el Este y creó las líneas amarillas del amanecer. Al oeste, nacieron brochazos de innumerables colores, que pronto se esparcieron por doquier en sus infinitos matices, reflejados en las nubes.

El Creador recogió el sudor en su rostro con sus manos y dejó caer las gotas sobre una nube. Miró hacia abajo y en esa nube brillante vio que se hallaba sentada una muchacha, el fruto de su sudor.

- “¿Qué haces ahí y de dónde vienes?” -preguntó El Creador, pero ella no contestó. Él frotó sus ojos de nuevo y le ofreció su mano derecha a la Muchacha huérfana”.
- "¿De Dónde vienes Tú?” -preguntó ella y asió su mano.
- “Del Este, donde ahora ya no hay vacío" -contestó Él y se puso a caminar sobre la nube.
- "¿Dónde está la tierra?" -preguntó ella.
- "¿Dónde está el cielo?” -preguntó Él e inició un canto- "Yo estoy pensando, pensando, pensando lo que voy a crear”.

Y repitió su canto cuatro veces, su número sagrado. El Creador enjugó el sudor su cara con sus manos, las frotó y dejó caer unas gotas. Ante Él y la muchacha huérfana, se erguía también el dios Sol, de pié. De las gotas que había dejado caer había nacido el Pequeño Muchacho. Los cuatro dioses, reunidos en la nube, se pusieron a pensar.

- “¿Qué haremos ahora?” -preguntó el Creador-. “Esta nube es demasiado pequeña para que vivamos los cuatro eternamente.

Entonces, Él creó a Tarántula, Olla Grande, Viento y Hacedor de Relámpagos. Creó también algunas nubes hacia el oeste para que en ellas pudiera morar Hacedor de Relámpagos. El Creador entonó un nuevo canto: - “Dejadme hacer la Tierra. Estoy pensando en la Tierra, en la Tierra, en la Tierra -y repitió su canto cuatro veces.

Los cuatro dioses agitaron sus manos y el sudor de los cuatro se mezcló en las manos de El Creador, entre las cuales se formó una pequeña bola de color marrón -como el barro- no más grande que un guisante. El Creador la empujó con su pié y comenzó a crecer. La Muchacha Huérfana la empujó también y la bola siguió creciendo. Sol y Joven Muchacho empujaron con fuerza la bola y en cada ocasión la bola crecía y crecía más cada vez. El Creador pidió a Viento que se introdujera en la bola para expandirla más y Tarátula tejió un hilo negro alrededor de la ella y, alejándose rápidamente hacia el Este, tiró del cordón con todas sus fuerzas.
Tarántula tejió más cordones: uno azul y corrió hacia el sur; uno amarillo y se fue al oeste; y uno blanco y se fue hacia el norte. En cada ocasión tiró con todas sus fuerzas y en cada ocasión la bola creció y creció hasta hacerse inmensa. Así surgió la Tierra. Pero no había colinas. Ni las montañas, ni los ríos eran visibles. Sólo una inmensa llanura parda, sin árboles.
El Creador frotó su pecho con sus dedos y nació un colibrí, el primer pájaro.

- “Vuela en las cuatro direcciones y cuéntanos lo que ves”, dijo El Creador Al volver, el colibrí dijo “Todo está bien. La Tierra es hermosa y hay agua hacia el Este”.


Pero la Tierra aun estaba por ser terminarda. Crujía y temblaba a cada instante y el Creador hizo cuatro inmensas columnas -una negra, otra azul, otra amarilla y otra blanca- para sugetar la Tierra. Viento llevó las columnas a los cuatro puntos cardinales y la Tierra comenzó a afirmarse. El Creador cantó un nuevo himno cuatro veces:

“El Mundo ya está hecho y ahora podrá calmarse” -y entonces fue cuando Él dirigió su atención al cielo que aún no existía y otro canto distinto surgió de su garganta. A parte de los dioses, no existía nadie. Cantó cuatro veces, veinte veces... y ocho personas, muy semejantes pero imperfectas, aparecieron para ayudarle a poner un cielo sobre la Tierra.
El Creador pensó en la necesidad de tener quien gobernara Cielo y Tierra y envió a Hacedor de Relámpagos para que abrazara el mundo y pidió a tres de sus criaturas -dos muchachas y un muchacho- que le ayudaran a encontrar una corteza azul. Pero ellos carecían de rasgos. No tenían ojos, ni boca, ni nariz, ni pelo, ni orejas. Tenían brazos y piernas, pero carecían de dedos.
Sol voló para ayudar a la Muchacha Huérfana a fabricar una “casa de sudor” que cubrieron con cuatro pesadas nubes repletas de agua. Y en la puerta -al Este- la joven colocó una suave nube roja para usarla como toalla después del baño de sudor. Cuatro piedras se calentaban en el fuego interior de la cabaña y las tres criaturas imperfectas entraron en ella. Los demás entonaron himnos hasta que se cumplió el tiempo debido. El Creador agitó sus manos y las orientó hacia ellos y en las tres criaturas aparecieron ya ojos y boca, nariz y dedos y demás rasgos humanos.
El Creador eligió entre ellos a Cielo-Muchacho para ser quien se responsabilizara de las demás Cielo-Personas. A la muchacha le puso el nombre de Hija-Tierra, encargada de la fertilidad y las cosechas y a la otra joven la nombró Muchacha-Polen, para que cuidara de todas las gentes por llegar.

Como el mundo era aun estéril y llano, el Creador le dio diversidad y creó animales y plantas, cordilleras y ríos. Envió a su pájaro para comprobar su apariencia. Cuando regresó a los cuatro días contó que todo era hermoso. Pero advirtió que en otros cuatro días, el agua del Este se desbordaría y un gran diluvio amenazaba con arrasarlo todo. El Creador hizo un árbol muy alto, y sobre el árbol la Muchacha Huérfana colocó un armazón de madera. Entre los dos convirtieron el árbol y su funda en una enorme bola sólida.
A los cuatro días tuvo lugar el diluvio. El Creador tomó en sus brazos a sus veintiocho ayudantes y se sentó en una nube. Muchacha Huérfana tomó al resto y los colocó en la enorme bola en la cima del árbol. Cuando a los doce días el agua retrocedió, la bola dejó de flotar y quedó suspendida de nuevo en la cima del árbol. De allí descendieron todos los ayudantes y, con urgencia, se pusieron a dar forma a las nuevas cordilleras, a los ríos, a los valles y colinas. De nuevo Muchacha Huérfana voló a las nubes a recoger al resto de dioses y reunió a todos, dioses y humanos, para escuchar al Creador.

- “Estoy pensado en dejar el mundo en vuestras manos” -dijo-. “Deseo que cada uno de vosotros se esfuerce en una tarea para hacer un mundo perfecto y feliz” -y repartió las faenas entres todos.

- “Tú, Hacedor de Relámpagos tendrás a tu cargo las nubes y el agua”.
- “Tú, Cielo-Muchacho, te encargarás de todas las cosechas y de enseñar a la gente a cultivar la Tierra”.
- “Tú, Polen-Muchacha, vigilarás la salud cuidarás de la salud de todos y curarás sus enfermedades”.
- “Tú, Muchacha Huérfana”, ayudarás a todos y velarás por que cada cual cumpla con su misión”.

Fue entonces cuando el Creador y la Muchacha Huérfana frotaron con fuerza sus manos y sus piernas y del roce surgieron chispas que prendió en un montón de madera que se hallaba en el suelo. El Creador levantó su mano y una llama surgió de allí. Así el creador entregó a los humanos el primer fuego.
Grandes nubes de humo se alzaron hacia el cielo. A una de ellas se subieron el Creador y la Muchacha Huérfana y se alejaron de allí. Los otros dioses les siguieron en nubes de humo para dejar a los veintiocho humanos que iniciaran sus trabajos en la Tierra.

El dios Sol fue a vivir al Este y cada día nos visita. Desde el horizonte del Oeste la Muchacha Huérfana cumple constante su labor de vigía. Pequeño Muchacho y Polen Muchacha hicieron sus hogares en una nube en el Sur y Olla Grande todavía es visible cada noche en el cielo del Norte, sirviendo de orientación para todos desde allí.