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sábado, 13 de junio de 2020

Tarta de zanahorias

- Pues de Youtube. ¿De dónde voy yo a sacar la receta de un pastel de zanahoria? ¿Cuándo me has visto a mí hojeando algún libro de recetas?
– No sé. Con tanto confinamiento a la gente le ha dado por hacer las cosas más dispares. Empezamos arrasando con el papel higiénico en los supermercado y hemos acabado con las reservas de harina de las estanterías. A mí no, a mí me ha dado por las videoconferencias incluso con gente que hacía más de veinte años que ni había visto. ¡Qué mayores estamos todos!
- Esto ha sido una apuesta. A mí los postres con zanahorias, calabaza, boniato y demás me llenan mucho. Yo prefiero los postres clásicos: tiramisú, tartas de queso… lo típico. Pero en un grupo de “guasap”, con unos amigo, alguien propuso el reto y ahí me tienes a mí haciendo el tonto.
- Pues yo no soy tan finolis. Me van más los dulces que te comes con los dedos, en plan troglodita. Recuerdo un dulce que hacían en un horno de pastelería que había al ladito de la casa donde vivía de pequeño que acaba desmigándose y no había otra forma de meterle mano.
- No te ha quedado mal el pastel de zanahorias… se deja comer -dijo mi amigo, con la boca medio llena-.

Y se me escapó una carcajada que ni pude ni quise evitar.

- “Se deja comer”… Eso es lo que se dice de cualquier plato del que no se puede decir nada mejor. Para la repostería, más incluso que para la cocina en general, hay que tener cierto duende y yo no lo tengo, lo sé. Un toque especial que no es solo paciencia -comenté resignado.

Pero cuando miré la bandeja mi amigo ya se había servido el último trozo. A su modo no dejaba de ser un piropo.


lunes, 18 de mayo de 2020

No hay mal que por bien no venga

Llevaban todo este tiempo de “confinavirus” sin verse. La casualidad quiso que las dos viejas amigas coincidieran en la peluquería, eso sí todo bien hecho, conforme a la “nueva normalidad”, que es la forma sutil elegida para decir “o lo tomas o lo dejas, pero es lo que hay”: cita previa y dos metros de secador a secador. Y las chicas que les atendían con el barbijo puesto -que es como llaman en Argentina a lo que aquí conocemos como mascarillas de toda la vida-.

- …Y este verano nos vamos a Sebastopol.
- ¿A Sebastopol? ¿Y qué se te a perdido a ti en Sebastopol?
- Sí. A Sebastopol. No está tan lejos y mejor cruzar el Mediterráneo en transatlántico turístico mejor que en avión, ahora que lo que nos va a sobrar es tiempo. Es una ciudad con mucha Historia, Tiene un puerto de madera y uno de pescadores, en cuyas lanchas podemos acercarnos al litoral y ver los pueblos desde otra perspectiva.
- ¿Y tiene que se este verano que no va a atrever a ir muy lejos?
- Pues precisamente por eso. No se mueve un euro en ningún lado y los precios están por los suelos. Es el momento ideal para conocer Venecia, por ejemplo, o los fiordos noruegos. Todos esos sitios a los que siempre has querido ir y no es has atrevido por caros o porque estaban saturados de gente.
- Pues precisamente por eso… ¿Sebastopol?
- Sebastopol -insistió contundente una de ellas-. Vamos a resultar ten exóticos allí que nos van a tratar como a reyes, como si fuéramos los primeros extranjeros que pisan el territorio. En palmitas. Por cierto… ¿A ti te gusta el steak tartar de atún, verdad?
- ¿Qué si me gusta? ¿Sabes que me pierde.
- Pues que sepas que el atún es una de las piezas de pesca de la zona y que el steak tartar una de las especiales gastronómicas de los restaurantes de la ciudad. Y eso que los japoneses comprar cada vez lo que cogen las redes.
- No, si al final vais a haber tenido suerte. -respondió la otra amiga, no sin un cierto deje de envidia- ¿Quién iba a pensar que haber sido enfermo contagiado de coronavirus asintomático te permitiera ir de momento por el mundo con un salvoconducto más admirado que si tuviera diecisiete títulos nobiliarios a tus espaldas. Lo que para muchos ha sido un drama y es para otros un riesgos… para ti y tu marido es precisamente garantía de libertad.


sábado, 18 de abril de 2020

Liberación

Tan joven y tan pronto y ya me parezco a mi abuelo, que cada día que se sentía mayor se decía a sí mismo: cada día soy más nostálgico.

Aquí todos los domingos son fiesta. No se trabaja y si hay que hacerlo se cobra poco más que los días laborables. Hay que tener contento al trabajador. Lo adelanto: A mi vuelta a Colombia me apuntaré a un sindicato para no trabajar ocho días a la semana´

La  casa donde vivo la comparto con dos compañeros, uno  colombiano y el otro, Naide, peruano, nuestro vecino. En su ventana nunca falta una cesta, con flores blancas típicas de su país. Le pasa lo que a mí, siente añoranza. A veces me imagino comiendo un buen acebuche de la zona de los cuarteles de la Marina y cerrar la noche con un vaso de pisco, destilado de la sabrosas uvas de mi tierra.

Anoche la pase despierto, pero contento. Hoy todo cambiará las próximas noches no las pasaré pensando en ti, sino durmiendo y o contigo a tu lado. Ahora todo cambiará.

Con tristeza me llevarán estos ángeles que tienen pensado alguna vez devolverte a mí vida... ¿estarán enojados conmigo? ¿Por quererte tanto y no haberlo demostrado suficiente?

He decidido unirme a ti, un sábado umbrío... A los angelitos que me trajeron para acá hazles saber que me alegro de irme a la sombra. Donde no existe tu ausencia, donde existimos, no hay preocupación porque no hay más vida... Liberación del miedo y entrada a mí libertad. La muerte es infinita, tu recuerdo conmigo también lo será. La muerte no es un sueño, porque en la muerte te estoy haciendo feliz.

Al fin, después de tanto, vuelvo contigo.


lunes, 13 de abril de 2020

El barranco



No hacía ni media hora que había acabado la ceremonia del bautismo de su primer bisnieto. Estos niños lo habían hecho viejo antes de la edad. Siete nietos y un bisnieto ya era más que suficiente.

Su esposa había fallecido año y medio atrás. Desde entonces, para aplacar la sensación de soledad recurría a largos paseos. Uno de ellos le había llevado a contemplar enseñar la belleza del barranco que cruzaba las cercanías de su pueblo. Pero al regresar le envolvió la niebla y en el camino de vuelta un accidente le llevó a salirse de la carretera y precipitarse precipicio abajo.

Por aquel entonces tenía cincuenta y cinco años ya cumplidos. Tardó tiempo en restablecerse un tanto y las secuelas que quedaron le llevaron a percibir una pensión de incapacidad permanente que, en tiempos de crisis como aquéllos, hubo que estirar lo más posible para ayudar a uno de sus nietos recién casado y que había perdido su empleo.

Hoy precisamente el bautismo del primer hijo de ese nieto. Una ceremonia celebrada en una ermita no muy lejana de aquel barranco donde tuvo el accidente. No era la primera vez que se acercaba al borde del precipicio. Y siempre, sin falta, cada vez que aproximaba sus pies al borde del abismo le invadía la pacífica sensación de entablar conversación con su esposa. Su alma se  inundaba de paz y le parecía escuchar esa voz conocida: “No te afanes; deja que cada uno haga su tarea”.

- Calla, María, que te olvidas que ahora soy un bisabuelo. Tú no sabes lo que es porque te marchaste para no volver”, se escuchó a sí mismo decir con cierto tono de nostalgia.

miércoles, 23 de octubre de 2019

La abuela


- Yo tengo uno de la misma colección.

Levanté la cabeza y me encontré a mi amigo con un libro de arte africano que estaba cogiendo polvo en una estantería.

- Si quieres llévatelo…
– No, tranquilo. Lo digo porque yo tengo otro, pero de arte de los indios norteamericanos, que ya sabes tú que me va el tema.

Traté de recordar cuándo fue la última vez que alguien había abierto ese libro, pero no pude. Pero sí me acordé que me lo compraron mis padres para ayudarme en un trabajo de COU. O sea, que ya había llovido. Lo que no sé es cómo fue a parar a casa de mi abuela.

Allí estaba yo, intentando, de momento en vano, cambiar la pila de su sonotone, esas pilas redondas que el diablo ha inventado para que la gente se gane el infierno, maldiciendo la dificultad de abrir esa tapita en aparatos como éste. Ella seguía tejiendo una rosa de punto, ajena al mundo, porque el sonotone, en realidad, era el único nexo que prácticamente le quedaba con el paisaje. Cambiaba el color, pero cuando acaba una, empezaba otra. Las iba guardando en cajas metal, donde vienen las galletas de canela y jengibre que nunca faltan en su casa. Quizás era en los dos únicos placeres que ya le quedaban: sus galletas y sus rosas de punto.

– Abuela, ¿me dejas que te haga una foto con el móvil?

Pero no me contestó, no me oía. Seguramente no se habría dado en cuenta de mi acción. Pero no quise, me dio la sensación de que hubiera sido robarle un trozo de su intimidad -la poca que le quedaba-. Pero la escena lo hubiera merecido: ella sentada en su sillón al lado de la ventana, junto a una pequeña mesa camilla con un adorno central de una abuela tejiendo un cuadro en un bastidor. Me recordaba a esas pinturas en las que el pintor pinta un cuadro de un pintor que pinta un cuadro, de un pintor que… 


domingo, 8 de septiembre de 2019

Camino a Santiago


Y me lo habían advertido: calzado cómodo -ni apretado ni holgado-, la mochila con el peso bien distribuido para llevar la columna estable, etapas suficientemente cortas y con periodos de descanso frecuentes, no atiborrarse con comidas copiosas -aunque nada va evitar que sucumbas alguna vez a la guala-, fruta frecuente y agua, siempre el agua mano. A eso yo añadiría pomada para las ampollas, porque alguna herida vas a tener tarde o temprano. El roce del zapato al caminar, algún resbalón, que siempre ocurre… no sé, cualquier pequeño incidente que surja cuando menos se espera.

Pero es la ilusión de todo peregrino: hacer el camino, llegar a Santiago y, a ser posible, ver volar el Botafumeiro dentro de la catedral, aunque para eso tienen que darse muchas coincidencias.

Para mí es un enigma la razón de esos que prefieren meterse en el coche o viajar en tren y disfrazarse de caminante para recorrer los últimos diez kilómetros hasta la casa del apóstol. No digo yo que sea imprescindible el báculo, las sandalias, gorro con la vieira plantada en la frente, ni el hábito pardo de monje, pero un poquito de actitud nunca está de más, ¿no?





viernes, 19 de julio de 2019

El viejo hotel


Mi abuela me invitó a celebrar mi cumpleaños en la ciudad donde nací. Es la primera vez que piso del hotel Green Beach, pero tengo la sensación de conocer el lugar. Igual es por las tantas y tantas historias que mi tía Alicia me ha contado del tiempo de mi infancia. Llegamos a la hora del almuerzo y durante la comida he conocido a alguien. Yo he querido salir del baño y ella entrar quería entrar. Hemos tropezado en la puerta. Fue la ocasión de conocernos, reírnos un poco del choque, iniciar una conversación y quedar las dos por la tarde en la cafetería del Club de los poetas muertos.

Por otro lado, me sigue oliendo a gato muerto la invitación de mis abuelos a venir aquí, máxime cuando descansando un rato me he despertado sobresaltada porque uno alto amarillo ha saltado sobre mí como si fuera lo más normal del mundo.

A la mañana mientras desayunábamos pude comprobar lo extraño de las costumbres del lugar. Junto al café con leche y un bocadillo de queso tierno, nos sirvieron una jarra de cerveza y, como pinchó para picar, un hilo de pimientas piconas. Parece que es una costumbre de la casa.

Tampoco pude dormir la segunda noche, pensando de nuevo en el gato. Y sobre las 3 de la madrugada, cuando pensaba ya que era una tontería y que tendría que haberme dormido, fue cuando el gato negro de ojos amarillos salió debajo de mi cama. Y aunque el que lea esto no se lo crea, puedo jurar que hizo un gesto con la cabeza como para que lo siguiera, llevándome escaleras abajo hasta el lugar del  recepcionista, quien me entrego unas hojas amarillas donde había escrito mi diario. Toda una sorpresa sorpresa descubrir que no eran las únicas hojas con mi letra y que me confirmaba mi sospecha: No era la primera vez visitaba el hotel, aunque también pudiera ser que el recepcionista me ha confundiera con mi tía o  con mi abuela que, tiempo atrás, frecuentaban el viejo edificio. Las piezas no terminaban de encajar en mi cabeza, como si de un puzzle
difícil de resolver se tratara.

Aquella noche llego también Julieta, su hermana mayor, que le dio la oportunidad de conocer todos los detalles de su historia. Había llegado el momento y así lo manifestó en voz alta el encargado de la ceremonia. Como cada vertidos años se reunían en el mismo hotel para celebrar la unión de o vida con muerte

Y todo transcurrió tan deprisa que solo los devotos de aquella secta fueron capaces de ver cómo la cumpleañera tomaba un líquido especial hasta convertirla en una pequeña infante digna de presentar como sacrificio.