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lunes, 7 de mayo de 2018

Avalancha


En los acantilados rocosos del mar cantábrico fueron citados. Algunos llegaron al despuntar el día. El megáfono comenzó a llamarles a las quince horas. Del sol llovía fuego. Los hombres marchaban dormidos. Muchos ya sin botas. Cojeaban calzados de sangre. Ebrios de cansancio, no escuchaban los silbidos con que estaban siendo llamados. ¡De prisa, chicos!, se les apuraba. Cogían cascos de una larga mesa que había en sitio de rodaje. Algunos gritaban pidiendo ayuda para que le quitaran el casco que se habían puestos, más pequeños que su cabeza. Uno de ellos, indeciso, calvo, con llagas en la cabeza

Indeciso como un hombre ardiendo en llamas o cal viva, quiso hasta lanzarse al mar. Y en lugar de eso, se abalanzó sobre mí, y caídos en el agua el fuego se apagaba.

Cuando se oyen los claquidos que emite el director del rodaje: “¡Corten, película hecha¡ ¡Serie terminada”! ¿pero, cómo? ¿no era un casting?. El casting fue hecho al llamarles. Es el último capítulo de una serie llamada “Avalancha”, donde los protagonistas pierden su círculo dorado en medio de la multitud, que siempre es el protagonista de una película que narre la realidad.




martes, 18 de abril de 2017

El proceso de escribir

En cualquier momento me puede venir una idea: inmediatamente busco las palabras y ordeno las frases que me permiten expresarla; después la escribo; y por último, el resultado.
Esta idea primigenia puede tener una base real o surgir aparentemente de la nada, pero en un caso y en otros, una vez iniciado el proceso de escritura, voy por donde la imaginación me lleva, y el final es impredecible.
Suelo escribir en primera persona porque así imprimo a la historia más fuerza y verosimilitud; amén de porque, de esta manera, tengo la sensación de estar viviendo lo que cuento; de que este amor mío por la escritura me permite traspasar las barreras de lo cotidiano y adentrarme en un mundo todo es posible.

Por último, quiero decir que muchos de mis escritos que parecen fantasía tienen algo de verdad; y otros que parecen ser verdad tienen mucho de fantasía.

Autora: Nieves Correa Castro



jueves, 9 de marzo de 2017

Contaminación

    


   Contemplo en un canal de la TDT un reportaje sobre la contaminación. Es una de esas macrociudades chinas de varios millones de habitantes. Me deja perplejo la aceptación resignada de una polución que afecta directamente a su salud y que les está robando años de vida a ellos, a sus hijos, … a todos. Pero ahí siguen pasando ante mis ojos cientos –o miles- de personas, caminando por las atiborradas calles, la mayoría con sus mascarillas puestas –como si sirvieran de algo-, y el pardo horizonte de humo sobrevolando el perfil de los nuevos rascacielos. No sé si eso que llamamos “progreso” compensará los quebrantos de salud más inminentes.

   Me pongo muy digno y resuelvo que esa dramática situación no podría darse aquí, que la opinión pública y los medios de comunicación, no permitirían que llegáramos a tanto. Para algo tenemos los resortes que te da la democracia, el equilibrio de poderes, las instituciones que salvaguardan los derechos y deberes de todos los ciudadanos.

  Y de repente, reparo en la estupidez de mi reflexión. La capacidad de transigir de las personas es mucho mayor de lo que aparenta. Al menos lo es en las sociedades donde la Democracia es más formal que real. Es evidente que la República Popular China no es un régimen democrático y que por eso la sociedad china no ha articulado las herramientas que pongan coto a esos desmanes ecológicos.

   Pero nosotros no estamos lejos. La corrupción es, en nuestro caso, la contaminación que corroe nuestra convivencia. Creemos que no mata, pero sí lo hace; lo hace tan en silencio como esa contaminación que enturbia las aguas y tiñe el aire. Es corrupción que se come las inversiones en Sanidad, nos roba camas en los hospitales, restringe los presupuestos de investigación, impide el mantenimiento en condiciones mínimamente salubres  de nuestras clínicas, ambulatorios y hospitales.

  Y sin saberlo, vamos también con la mascarilla puesta –cual mordaza- por la calle, ingenuamente satisfechos de una salud democrática sujeta con alfileres.