Mostrando entradas con la etiqueta China. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta China. Mostrar todas las entradas

viernes, 18 de septiembre de 2020

El Dragón chino


El Dragón Celestial de China es tan importante dentro de la cultura china que es considerado como el símbolo de todo el país y de todas las personas que nacieron allí; y es un orgullo para todos sentirse parte de ello.

Todos los chinos, no sólo en China sino en todas las partes del mundo, dicen que son “Lung Tik Chuan Ren” o Descendientes del dragón, y es que a través de los siglos estas criaturas se convirtieron en algo mítico que es de mucha importancia cultural.


Esta clase de dragón es considerado por los chinos como un símbolo de prosperidad, de abundancia y de buena fortuna; contrario a la idea occidental que se tienen de estas criaturas místicas. El dragón celestial es el emblema del Emperador, así como del comando Imperial, y su imagen se ha grabado desde la antigua civilización china, cambiando la cultura hasta el día de hoy, y puedes ver representaciones suyas en diferentes toques arquitectónicos de las ciudades.


La valentía, el atrevimiento, el poder, la excelencia, la divinidad, la perseverancia y el heroísmo; son las cualidades más destacadas de este dragón, por lo que se le ve como la representación del impulso de superar los obstáculos y triunfar en todo. La cultura china quiere ser como este dragón, además de tener su ambición, su optimismo y la inteligencia; con lo que muchos se identifican.


A diferencia de otros dragones mitológicos de otros países, el dragón celestial chino es hermoso, sabio y amigable, comparándosele con un ángel, por lo que muchas personas lo adoran y sienten amor por él. Por varias partes del país puedes ver templos y altares dedicados para honrarlo, en especial en las orillas de lagos y ríos, ya que se dice que él vive allí y puede controlar todos estos cuerpos de agua.


En todo el territorio de China puedes ver como varias ciudades tienen varias pagodas, en donde las personas solían, y algunas aún lo hacen, queman incienso y rezan a este dragón para que les brinde algunas de sus cualidades y cuide lo que tienen. Es por todo esto que el año del Dragón, que sucede cada doce años, es de buena suerte, de hecho, muchos chinos quieren que sus hijos nazcan en ese año, porque se dice que tienen mucha salud, muchas riquezas y una larga vida.

sábado, 16 de febrero de 2019

Pekín, mon amour


- ¿Y te extraña que la gente vaya con mascarilla por la calle?
- ¡Hombre! Reconóceme que no es lo más normal. Pero aquí ya veo que estáis acostumbrados.
– No es costumbre, es cuestión de necesidad Y soltó una risa que llamó la atención de la gente que teníamos alrededor. Mucha gente, mucha, mucha gente, cantidad de gente. Os doy mi palabra.

Mi amigo Yuan Shiu –“Juan”, para sus amigos españoles- estábamos en la estación para regresar a Pekín desde Tianjin. Esperábamos un tren de esos ultramodeno, que alcanza velocidades de más de 400 kilómetros por hora, y que une ambas ciudades.

Todo ha cambiado -y muy deprisa- desde que, a finales de los 90, fue uno de los primeros estudiantes becados por el gobierno chino para aprender español en nuestro país. Ya habían quedado atrás la Revolución Cultural y aquel terrorífico periodo de “La banda de los cuatro”.  Sus dirigentes habían comprendido la necesidad de abrirse al mundo, de romper con un pasado tan glorioso como dramático. Aun le recuerdo, tan enjuto como ahora, detrás de unas gafas, aparentemente inseguro, pero con unas ganas inmensas de empaparse de todo lo que una ciudad europea pudiera ofrecerle. Y supo aprovecharlo.

Cuando regresó a su tierra, él, como muchos de su generación, supo aplicar lo aprendido, y hoy su país es capaz de lanzar satélites a la estratosfera con la misma y primorosa sutileza con la que los orfebres de las antiguas dinastías dibujaban delfines en el jade de los emperadores. Todo un arte.

– Lo que no me imaginaba yo es el frío que hace en tu país -le dije-. Te confieso que debajo de los pantalones llevo un leotardo que compré ayer en el mercado que había cerca del hotel.
– Yo también -me contestó por lo bajo entre risas.

Hoy Yuan es un técnico de alto nivel en lo que aquí sería el Ministerio de Asuntos Exteriores chino. Y viaja con frecuencia por medio mundo, con la misma actitud humilde de quien piensa que aún le queda mucho por aprender. No solo se maneja con sorprendente fluidez en nuestra legua. Inglés, italiano -y no sé que más- son parte de las herramientas de su trabajo diario. Y, además, ha desarrollado un don de gentes que le ha permitido mantener los viejos contactos, las amistades, que ha ido ganándose con el tiempo. Se ha recorrido las más importantes capitales del mundo, pero sigue enamorado de su Pekín -o Beijín, que dicen ahora-. Una ciudad que intenta controlar su superpoblación -¡21 millones y medio de ciudadanos!- y con graves problemas de contaminación del aire. Y no es la única megaciudad china con similares problemas.

Lo sabe, pero, cuando surge el tema, aflora su mentalidad oriental…

- A nosotros nos tocaba colocar a nuestro país entre las tres primeras potencias económicas del mundo…, acabar con el hambre que durante milenios ha azotado a nuestra gente. Era nuestro reto y estamos a punto de conseguirlo. A la próxima generación le tocará resolver ese problema. Si no ¿De qué podrán estar orgullosos ante sus padres y sus hijos?



jueves, 9 de marzo de 2017

Contaminación

    


   Contemplo en un canal de la TDT un reportaje sobre la contaminación. Es una de esas macrociudades chinas de varios millones de habitantes. Me deja perplejo la aceptación resignada de una polución que afecta directamente a su salud y que les está robando años de vida a ellos, a sus hijos, … a todos. Pero ahí siguen pasando ante mis ojos cientos –o miles- de personas, caminando por las atiborradas calles, la mayoría con sus mascarillas puestas –como si sirvieran de algo-, y el pardo horizonte de humo sobrevolando el perfil de los nuevos rascacielos. No sé si eso que llamamos “progreso” compensará los quebrantos de salud más inminentes.

   Me pongo muy digno y resuelvo que esa dramática situación no podría darse aquí, que la opinión pública y los medios de comunicación, no permitirían que llegáramos a tanto. Para algo tenemos los resortes que te da la democracia, el equilibrio de poderes, las instituciones que salvaguardan los derechos y deberes de todos los ciudadanos.

  Y de repente, reparo en la estupidez de mi reflexión. La capacidad de transigir de las personas es mucho mayor de lo que aparenta. Al menos lo es en las sociedades donde la Democracia es más formal que real. Es evidente que la República Popular China no es un régimen democrático y que por eso la sociedad china no ha articulado las herramientas que pongan coto a esos desmanes ecológicos.

   Pero nosotros no estamos lejos. La corrupción es, en nuestro caso, la contaminación que corroe nuestra convivencia. Creemos que no mata, pero sí lo hace; lo hace tan en silencio como esa contaminación que enturbia las aguas y tiñe el aire. Es corrupción que se come las inversiones en Sanidad, nos roba camas en los hospitales, restringe los presupuestos de investigación, impide el mantenimiento en condiciones mínimamente salubres  de nuestras clínicas, ambulatorios y hospitales.

  Y sin saberlo, vamos también con la mascarilla puesta –cual mordaza- por la calle, ingenuamente satisfechos de una salud democrática sujeta con alfileres.