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viernes, 15 de noviembre de 2019

Pelo en pecho


- ¡Que el niño no agarre la escoba!
- ¡Por favor que no ayude en la cocina!
- Los varoncitos se atienden, las niñas sirven…
- Los niños no juegan con muñecas...
- Los machos no lloran. Llorar es cosa de mujeres…


Afortunadamente no son expresiones de nuestro tiempo. Pero aun así, vale preguntarse: Lo decimos, lo defendemos, pero ¿lo hacemos?

¿Y qué pensamos que es ser hombre? Sí, también tiene en su interior esa luz divina, que puede amar y sentir. ¿Por qué queremos restringirlo? Sí, tiene también capacidad para ayudar, servir y colaborar en el hogar.

Muchos hombres fracasan, precisamente, por ir de “machos” por la vida. La insensibilidad les gobierna; mostrar afecto cuando lo sienten les debilita, tener un poco de atención para su mujer o sus hijos es demasiado cariño, todo es demasiado, porque de niños tuvieron límites impuestos por los padres, madres, abuelos y en fin la misma sociedad marcaron su corazón. Aún hoy ¿cómo podemos hablar de un desarrollo social si seguimos creyendo que los hombres son superiores y por tanto merecen un mejor trato? Un trato que lo único que provoca son hombres dependientes, que necesitan de una mujer mucha ayuda para cualquier actividad por sencilla que sea.

Ya es tiempo de cambiar esos pensamientos machista, porque amar, querer, servir y ayudar no van a quitarle la dignidad a ningún macho, mas demostrará lo hombre valioso, seguro y lleno de fortaleza que es.





sábado, 19 de enero de 2019

Toda la vida


Sentadas a la orilla de un acantilado, Magnolia y María del Mar se lo pasaban en grande contando chistes. Al cabo de un tiempo Magnolia abrió su bolso para merendar una tortilla de verduras hecha por ella al horno. Y al abrirlo sacó para enseñármelo un pequeño portarretratos de cuando tenía unos diez años.

Fue entonces cuando Magnolia se acordó de algo que, con esa edad, le había pasado y se lo contó a su amiga:

- Un día en el colegio, en clase de plástica, me agaché a guardar un libro en mi mochila. Y a un compañero se le ocurrió darme una nalgada delante de todos. Unos rieron, otros aplaudieron. Y yo me eché la culpa al haberme agachado y mostrar mi tiernito culo del diez años.

Ahora veo se cumplió aquel dicho que dice: “No te preocupes si un niño te pega o molesta. Eso es señal de que le gustas".

El recuerdo de este hecho dio pie a cambiar de tema y hablar sobre el tan traído y llevado acoso sexual.

Pero hablar de ese tema es imposible hacerlo fríamente. Es algo de  lo que las mujeres siempre hablan desde la conmoción Es imposible olvidar los sentimientos, olvidar las experiencias, mantener la actitud distante de quién analiza  una realidad ajena. Volver sobre ello es buena parte de la actividad feminista de todos estos años. Porque siempre se empieza con la misma pregunta: ¿Por qué?



lunes, 4 de junio de 2018

Los ojos de una niña

No tenía experiencia familiar. Su infancia no se lo había permitido. Desde pequeña el estribillo de la canción de todos los días que se repetía constantemente en aquel pueblo del valle de Liébana, en Cantabria, era: “Hago lo que me salga de las pelotas", "eres una hija de la....", "Soy un hombre y ya está bien que una mujer quiera darme órdenes", "¿Por qué tengo yo que aguantar las impertinencias de este hombre?". Hasta que el día menos pensado su madre tardó diez minutos, después de haber salido su marido al trabajo, en hacer la maleta y arrancar conmigo al pueblo de su madre.

A pesar de su carácter tan hosco, el padre nunca dejó de interesarse por su hija. Eso sí, cada vez que la veía no acababa de dar diez pasos y  ya le estaba haciendo todas las preguntas habidas y por haber sobre su madre. Y la hija, testigo vivo y sufriente de las amenazas del uno para la otra, siempre contestaba lo mismo:

-Está bien, su tiempo libre lo dedica a regar las plantas y a vigilar lo que tengo que hacer para el colegio, etc.-. Máxime cuando ella desde los siete años le decía a su madre: "no dejes que te pegue”. Y pocos años después “Haz lo que hizo la madre de Elisa, hizo la maleta y después de pasar por la policía se fue a casa de la abuela".

Afortunadamente los niños desde hace un tiempo no se parecen a la generación de sus padres, no solo por la aplicación de las nuevas tecnologías sino también por la práctica del sentido común. Y para darle el empujón final, la niña llamo a su abuelo y le contó lo que pasaba en su casa. Y ello motivó el viaje a la mañana siguiente a casa de los yayos.

“Los niños hoy nos enseñan más que cien maestros” es el título de un libro que está en el mercado y si hacemos caso muchas más alegrías y raciones de optimismo sembrarán en nuestras casas. Ahora todo va a ser al revés: aprende el que enseña, recibe el que da, queda lleno el que se vacía. Y es que en el proceso educativo los padres también salen enriquecidos -mucho más de lo que se cree-, porque los hijos son pequeños maestros que nos enseñan cosas grandes. Son las cosas que no están en los libros: optimismo, ilusión, imaginación, humor, alegría, confianza, serenidad…

Y…., el próximo mes estamos de boda. Aquella niña se casa. También ella encontró a un hombre bueno. Su padre no irá a la boda. Después de cumplir los años de condena que le tocó no podía soportar la vergüenza que sentía cada vez que se encontraba a su hija por las calles del pueblo. Con un pequeño bolso tipo mochila lo vieron subir un día al tren que salía con destino a Almería. Al fin y al cabo, lejos.