Mostrando entradas con la etiqueta sanidad. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta sanidad. Mostrar todas las entradas

sábado, 27 de noviembre de 2021

Mentiras que matan

Me he puesto las dos dosis de la vacuna contra el covid. He solicitado la vacuna de la gripe. Y en cuanto se establezca la tercera dosis de refuerzo para mi edad, seré el primero en ponerme a la fila. Porque no vacunarse es como defraudar a Hacienda: evadir responsabilidades a nivel sanitario como el que evade impuestos. Vivir en sociedad significa pensar en el prójimo y no solo en uno mismo. Se supone que cada uno de nosotros somos a estas alturas del problema suficientemente inteligentes como para no querer hacernos daño ¿Cómo puede ser que haya personas que están dispuestas a no vacunarse como una seña de identidad de ideología política? ¿Qué valor o dogma puede ser más creíble que el científico?

Apliquemos el conocimiento empírico a quienes nos distraen con sus banalidades y comprobaremos que ni ellos se creen sus propias mentiras. Mentiras, por cierto, que matan.

(carta de un lector en el Periódico de Barcelona -26/11/2021)

jueves, 25 de noviembre de 2021

Antivacunas

Sigo sin entenderlo. A pesar de que las cifras demuestran la eficacia de las vacunas contra la COVID, aún hay un alto porcentaje de la población europea sin atender la solicitud de las administraciones públicas encargadas de las campañas sanitarias en tal sentido.


Comprendo -relativamente…- a quienes a pelan al miedo a unas supuestas consecuencias nefastas de las vacunas, apelando a informaciones, unas verificables y otras no, reveladas en medios de comunicaciones. El miedo es libre y hay que respetarlo, aunque quien piensa así parece ignorar que, como demuestra la estadística, el riesgo de fatales consecuencias es mayor entre la población no vacunada que entre la que sí. Pero insisto, el miedo es libre.


A quienes no comprendo es a los que argumentan razones ajenas a las sanitarias para renegar de la vacuna -en realidad, a renegar de ésta y de todas-. Apelar a la libertad individual o supuestas conspiraciones planetarias es querer cambiar el punto de mira de un problema acuciante. Prefieren mirar al dedo que señala la luna a mirar a la luna.


No soy optimista. Las cifras que nos llegan de países como Alemania o Dinamarca, por ejemplo, sociedades presuntamente desarrolladas, educadas y cultas, son descorazonadoras. Otras, las del sur del continente, parece que estamos en mejor disposición afrontar una más que previsible sexta ola, ahora que se acercan los meses fríos del invierno. ¿Será porque los porcentajes de población vacunada son mayores que las del norte?




lunes, 21 de diciembre de 2020

Sentido común

 Reflexiona nuestra amiga Mappi...

Anoche me asomé al balcón virtual desde dónde se puede apreciar mejor la realidad y fue entonces cuando varios sentimientos y emociones se cruzaron ante mí. No sin cierto miedo abrí los ojos que momentos antes había cerrado por no querer ver la realidad.

El mundo estaba dividido en dos realidades paralelas pero contrapuestas, una parte era consciente que estamos viviendo una situación dramática y peligrosa, donde hay mucho dolor y lágrimas que se derraman en muchos casos por esa otra realidad que parecen que no existen más que ellos con su inconsciencia, egoísmo, soberbia y sin pensar ni importarles la situación que vive el mundo en general, solo existen las fiestas y el super yo y nadie más.

Estos son los parias de una sociedad que no construyen sino destruyen y encima se ríen y es entonces cuando con dolor piensas que son estos elementos as lo que necesitan es mano dura, con cárcel incluida. Aquí no vale la libertad individual cuando se perjudica gravemente la colectiva. Cuando el lenguaje no sirve para comunicarse hay que emplear otros medios para que entiendan que esa otra parte del mundo, que está viviendo la verdadera realidad, no va a permitir que sea quien sea o lo importante que sea, destruya una sociedad que tanto esfuerzo nos ha costado construir, esa es la verdadera pandemia y la vacuna se llama como me dijo un señor en la feria de artesanía sabio de la vida Macana de macanazo y dice que en los bailes cuando los muchachos se pasaban se les daban un macanazo. Yo vi la macana y les aseguro que daba respeto.

Pues eso que parece humor pienso que ya va siendo hora de emplear la macana con la ley en la mano, porque hay muchas personas que están sufriendo, e incluso muriendo, por estos descerebrados y eso no es un insulto sino libertad de expresión.



martes, 27 de octubre de 2020

Segunda ola

¿Volverá la situación a ser tan grave como en marzo pasado? No parece que vaya a ser así. Pero tampoco pensábamos entonces a ver lo que se avecinaba -yo entre ellos-. Nunca pensamos que las cifras nos desbordarían, pero lo hicieron; nunca pensamos que las UCIS de los hospitales colapsaran (porque, seamos realistas, colapsaron), ni que las residencias de la tercera edad se convirtieran en auténticas ratoneras; ni nos imaginábamos que la recuperación económica vaya ser en realidad tan lenta como ahora ya es seguro. Pensamos, ingenuamente, que el calor del verano -y no nosotros- acabaría con el virus. Lo duro quedaba atrás y era ya cuestión de esperar pacientes a una milagrosa vacuna que dejara atrás la pesadilla.


Pero hemos vuelto a pecar de soberbia. Pasado lo peor, hemos bajado la guardia y nos mostramos reticentes a hacer lo que toca en cada caso. No es sólo una cuestión de mascarillas, lavarse las manos a cada rato o de distancia social, que también. Es toda una actitud mental de alerta, de prevención, de solidaridad. Para eso es más difícil concienciarse. Si no nos ha valido de experiencia lo vivido dudo yo que revierta nuestra conducta por que se nos avise que viene el lobo. El lobo ya vino, nos tomó por sorpresa y nos dejó temblando.


¿Estamos mejor preparado? Objetivamente sí. Ya tenemos la experiencia de por dónde va esto. Pero precisamente por eso debemos abandonar esa soberbia humana que nos caracteriza. Lo demás es pan para hoy y hambre para mañana. Hambre en el más amplio sentido del término.





domingo, 20 de septiembre de 2020

Cosa de pobres

 Ya quedó en evidencia, cuando hace unas semanas, en Nueva York se daban las peores cifras en el mundo de afectados y fallecidos por causa del coronavirus. El porcentaje de ciudadanos de color era mayor que el de cualquier otro grupo étnico. ¿Era cuestión de razas? ¿El virus se cebaba más en una que en otras? Evidentemente no. No era cuestión de piel, era cuestión de estatus social. Ese grupo de población estaba por debajo de los ingresos medios de un neoyorkino.

Se cumplía una vez más aquello de que “las enfermedades son cosa de pobres”. Las condiciones de vida -vivienda, ingresos, educación…- condicionan decisivamente las posibilidades de sobrevivir. Históricamente siempre ha sido así y la norma no se ha roto en la actualidad. Un ejemplo claro lo tenemos cuando, con ocasión de los rebrotes -los de Madrid ahora o los recientes en Cataluña, por citar algunos-, los barrios que vuelven a ver restringidos el movimiento son los que albergan a los más desfavorecidos socialmente.

Seguiremos buscando remedios y vacunas, pero no nos olvidemos que la mejor medicina es la erradicación de la miseria. Creo que fue Jesucristo quien dijo que siempre habría pobres -y seguramente sea cierto-, pero merece la pena el esfuerzo.






lunes, 13 de julio de 2020

A la fuerza ahorcan

Camino de los dos millones de infectados de coronavirus y más de 138.000 muertos y por encima de los 3.360.000 afectados a causa de la pandemia han debido ser suficientes para convencer a Donald Trump de llevar mascarilla. Eso o la proximidad de unas elecciones en las que se juega su reelección como presidente de la potencia económica y militar del planeta -o la segunda… que yo ya no sé en que posición están los chinos-.

Era cuestión de imagen, decían sus allegados. Pero la realidad es contumaz y tarde o temprano se impone. Primero se cayó del guindo Boris Johnson, el primer ministro británico; hace poco Bolsonaro, el presidente de Brasil, que decía que este mal no pasaba de ser una “gripinha”; una “gripinha” que se ha llevado por delante, de momento, 72.000 compatriotas y con más de 1.850.000 personas afectadas. Son cifras que dan para reflexionar.

Por supuesto que los políticos tienen derecho a equivocarse. Se supone que luego juzgarán las urnas la gravedad deseos errores. Pero se les debe exigir la máxima prudencia y responsabilidad en sus palabras y en sus comportamientos públicos. Y en ese sentido, los mencionados no son precisamente los ejemplos a seguir. Son muchas las personas sobre los que su actitud influye en su comportamiento diario.

Pero, como dic el refrán “A la fuerza ahorcan”.


jueves, 25 de junio de 2020

La política del avestruz

En Tulsa, Oklahoma, durante el primer mitin celebrado por Donald Trump para su campaña de reeleción como presidente de los Estados Unidos, el político -al que no le favorecen las encuestas hoy por hoy- realizó uno de esos comentarios que demuestran la mentalidad del personaje respecto, en concreto, la extensión del coronavirus en su país.

"Cuando haces tantos test, vas a encontrar más gente... vas a encontrar más casos. Por eso le dije a mi gente: 'bajad el ritmo con los tests, por favor'. Hacen tests y tests... tenemos tests de tanta gente que no sabemos lo que está pasando. Tenemos tests, tenemos otro test aquí…".

Dicho de otro modo: Mejor no conocer la extensión del problema, sobre todo si no nos gusta. Esa parece ser su solución al tema: girar la cabeza y mirar para otro lado. No sé si será su forma habitual de pensar o si se agarra a ella en este momento concreto de su carrera política, pero todo parece indicar que el personaje no duda en cambiar de principios cuando los índices de popularidad así lo aconsejan.

Negar la realidad, inventarse otra es propio de demagogos, es un desprecio a los votantes. Pero sobre todo es un peligro; un peligro para su país y para el resto del mundo. Pero está “de moda”. Cada vez son más los que niegan la bondad de las vacunas, los que niegan el cambio climático, los que afirman que la tierra es plana. Son un peligro real. Negar hasta el empecinamiento el conocimiento la evidencia, la necesidad del conocimiento científico es ir en contra del sentido común y del progreso. No por negarse a verla va a disolverse a nuestra voluntad.

Como decía Serrat en una de sus canciones… “Nunca es triste la verdad. Lo que no tiene es remedio”.


domingo, 14 de junio de 2020

Coronavirus - Sin histerias

He aquí unas palabras claras del Jefe de la Clínica de Enfermedades Infecciosas, Universidad de Maryland, Estados Unidos, Faheem Younus.

1. Es posible que tengamos que vivir con C19 durante meses o años. No lo neguemos ni entremos en pánico. No hagamos nuestras vidas inútiles. Aprenda a vivir con este hecho.

2. No puede destruir el virus C19 que ha penetrado en las paredes celulares, bebiendo litros de agua caliente, simplemente iréis al baño con más frecuencia.

3. Lavarse las manos y mantener una distancia física de dos metros es el mejor método para su protección.

4. Si no hay una persona con C19 en casa, no hay necesidad de desinfectar sus superficies.

5. Los productos empaquetados, los surtidores de gasolina, los carros de compras y los cajeros automáticos no causan infección.
Lávese las manos, vivid vuestra vida como siempre.

6. La C19 no es una infección de los alimentos. Se asocia con gotas de infección como la gripe.

7. Puede perder el sentido del olfato tenido a muchas alergias e infecciones virales. Este es sólo un síntoma no específico de C19.

8. Una vez en casa, no necesita cambiarse de ropa con urgencia y ducharse!
La limpieza es una virtud, la paranoia no lo es!

9. El virus C19 no se suspende en el aire. Esta es una infección de gotitas respiratorias que requiere contacto cercano.

10. El aire está limpio, puede caminar por los jardines (sólo manteniendo su distancia de protección física) y a través de los parques.

11. Es suficiente utilizar jabón normal contra C19, no jabón antibacteriano. Este es un virus, no una bacteria.

12. No debe preocuparse por sus pedidos de comida a domicilio. Pero puede calentar todo en el microondas, si lo desea.

13. Las posibilidades de llevar el C19 a casa con sus zapatos es como ser impactado por un rayo dos veces al día. He estado trabajando contra virus durante 20 años, las infecciones por goteo no se propagan así!

14. No puede protegerse del virus tomando vinagre, jugo de caña de azúcar y jengibre! Estos son para la inmunidad, no una cura.

15. El uso de mascarilla durante largos periodos interfiere su respiración y los niveles de oxígeno. Utilícela sólo en lugares concurridos.

16. Utilizar guantes también es una mala idea. El virus puede acumularse en el guante y transmitirse fácilmente por tocarse la cara. Es mejor lavarse las manos regularmente.

17. La inmunidad se debilita enormemente al permanecer siempre en un ambiente estéril. Incluso si come alimentos que aumentan la inmunidad, salid de casa regularmente a cualquier parque / playa.

18. La inmunidad aumenta por la EXPOSICIÓN A LOS PATÓGENOS, no por sentarse en casa y consumir alimentos fritos / picantes / azucarados y bebidas gaseosas.


viernes, 13 de marzo de 2020

Silencio vergonzoso

Pido de antemano disculpas si estoy en un error, dispuesto a eliminar este post, sin duda alguna. Pero a la hora en la que redactamos esta entrada de nuestro blog me encuentro con una situación cuanto menos decepcionante.

Compruebo que en la inmensa mayoría de medios de comunicación de todo tipo -escritos, radio, televisión, internet…- elogian la abnegada entrega de todos los trabajadores de nuestro sistema sanitario, que llevan demostrando su calidad humana y profesional cada jornada en esta situación excepcional, por la que atraviesa nuestro país. No hace falta insistir en ello, no hay otra cosa que motivo de agradecimiento y cierto orgullo, al comprobar que determinados valores humanos aun están ahí cuando la necesidad así lo requiere.

Pero -e insisto en pedir todas las disculpas habidas y por haber si me equivoco- junto a esa demostración de entrega, solidaridad, vocación y profesionalidad de los integrantes de nuestro sistema público sanitario, me encuentro… ¿qué adjetivo sería el adecuado?: ¿Decepcionado, indignado, meramente sorprendido…? al comprobar el silencio del sector privado.

¿Alguien sabe de alguna clínica privada, algún hospital, alguna sociedad encargada de gestión de algún centro sanitario comunicar su voluntad de poner sus medios a disposición de las indicaciones del Ministerio de Sanidad o de las Comunidades Autónomas? Yo desde luego no, y doy mi palabras de que me he repasado la prensa de cabo a rabo, buscando ansioso una noticia en tal sentido.

Alguien puede argumentar que, dadas las características específicas de la actual crisis, poco pueden aportar especialistas en cardiología, traumatología, etc. Pero esto es cierto solo en parte. Se nos informa que determinados servicios en los hospitales públicos están desviando recursos desde otras áreas sanitarias para dedicarse en exclusiva a solventar la crisis causada por el coronavirus. Se nos cuenta que se han pospuesto intervenciones quirúrgicas que no fueran imprescindibles, para poder contar con el personal en las urgencias que atienden a los nuevos afectados. Pero el alivio que supondría la puesta a disposición de los medios con que cuenta el sector privado… de momento, ni está ni se le espera.

Entiendo que nada es gratis -y en medicina y salud menos-, pero ya sería momento después de “ajustar cuentas”. No dudo que nuestra sociedad sabría compensar (y con creces) una actitud positiva de este tipo.

Pero las noticias que me llegan son en sentido contrario. Los precios de las pruebas clínicas que se realizan en hospitales privados para confirmar o descartar cada caso de coronavirus han subido considerablemente en estos últimos días.

Debe ser que por encima del slogan de “la salud es lo que importa” prima ese otro que dice “todo el mundo va a lo suyo, menos yo que voy a lo mío”.


viernes, 28 de febrero de 2020

No es no, otra vez el fin del mundo

Proliferan estos días las imágenes apocalípticas a propósito del coronavirus, pero impresiona en particular la fotografía de un militar italiano que patrulla en el perímetro de la catedral de Milán provisto de mascarilla y de una ametralladora. Han desaparecido los turistas y los transeúntes en la zona del Duomo. Y se ha derrumbado el Ibex con todos los síntomas del efecto mariposa.


El virus no es ya un exotismo asiático, una fiebre amarilla, sino un problema occidental. Tan occidental y tan cercano como las góndolas vacías —parecen féretros navegando en la laguna Estigia— y como los partidos de fútbol que se van a suspender, bien sea para prevenir la pandemia real o bien sea para neutralizar la enfermedad imaginaria: una especie de hipocondría planetaria que expone el poder de la superstición en las supuestamente sociedades informadas e instruidas. La aldea global es antes una aldea que un fenómeno global, de tal manera que el sensacionalismo de las televisiones y la sugestión de una plaga bíblica predisponen el diagnóstico de una comunidad vulnerable y expuesta, otra vez, a la psicosis del fin del mundo.

La propia Organización Mundial de la Salud alerta “urbi et orbi” del advenimiento de la gran pandemia, pero no está claro en qué consiste defenderse de ella, más allá de comprarse una mascarilla y de llevar un crucifijo o una bala de plata en el bolsillo. Se diría que la verdadera enfermedad es la histeria. No como mera abstracción, sino como demostración de una susceptibilidad que precipita las situaciones incontroladas de estrés, recelo del extranjero, angustia social y reacciones instintivas. Compramos en los chinos menos que antes. Y es probable que represaliemos ahora las pizzerías, más todavía cuando los programas de mayor audiencia promueven y vampirizan el gran espectáculo del planeta contaminado. Y no porque no haya razones para preocuparse ni para tomar medidas, sino porque el miedo a un agente exterior que se contagia fácilmente y que adquiere propiedades letales sobreestimula la credulidad de los espectadores.

Le sucedía al protagonista de Molière en 'El enfermo imaginario'. Poco importa que la enfermedad sea ficticia si provoca los efectos psicosomáticos de una afección 'verdadera'. El propio Molière fallecería al poco de estrenar la premonitoria pieza teatral, originando la leyenda negra de la indumentaria amarilla. Se supone que la llevaba puesta en las funciones. Y que le trajo mala suerte ponérsela, de tal manera que se ha generalizado la maldición del amarillo en los ambientes teatrales y hasta en los taurinos.

Tiene sentido la anécdota en el contexto del carnaval en que sarcásticamente ahora nos encontramos. El travestismo de los disfraces predispone la generalización de una indumentaria aséptica y purísimamente blanca que describe un estado de sugestión enfermizo. El desinfectante se vende a precio de oro en Italia. Costaba tres euros hace unos días y ahora se eleva a 23, de tal forma que la histeria se traslada a los problemas de abastecimiento y provoca una epidemia social a expensas de la serenidad y de la convivencia. Sucederá lo mismo en España en cuanto aparezcan los primeros casos. Los ancianos se mueren por centenares a cuenta de la gripe, pero el coronavirus excita la imaginación de una pandemia crepuscular, más o menos como si la peste bubónica nos estuviera acechando.

La gravedad inequívoca del coronavirus arriesga a ser menos relevante que la convulsión de la sociedad derivada del tremendismo y de las enfermedades imaginarias. Tanto valen estas últimas como las reales si terminan provocando un caos social, económico y hasta geopolítico, entre otras razones porque los remedios al brote apocalíptico engendran la sobreactuación y describen otros muchos intereses derivados. Empezando por la guerra comercial a China. Y por todas las dudas que ha planteado el régimen asiático en términos de transparencia y de rigor.

Es la razón por la que los medios informativos deberían responsabilizarse de la cautela y del rigor, pero la tentación de proyectar una película apocalíptica sobrepasa cualquier escrúpulo deontológico. Paradójicamente, la era del conocimiento procura todos los medios para propagar la superstición y los miedos atávicos. Sucedió con el ébola. Y volverá a ocurrir cada vez que se relacione al extranjero con el enfermo y al enfermo con el extranjero, más todavía en estos tiempos de populismo xenófobo y de prevención al contagio no ya de un virus sino de las ideas y de las reflexiones que puedan contaminar el hábitat de nuestra caverna.

Rubén Amón
(en elconfidencial.com; 25 de febrero de 2020)

jueves, 27 de febrero de 2020

Bulos sobre el coronavirus

La Organización Mundial de la Salud ha tenido que salir al paso de algunos rumores que se estaban extendiendo por todo el mundo
Los secadores de mano no matan el coronavirus, consumir cocaína tampoco protege frente a este patógeno y los mosquitos no pueden trasmitir el COVID-19. La Organización Mundial de la Salud (OMS) responde a algunos de los rumores que más se están extendiendo:

Los mosquitos
No hay pruebas que indiquen que el nuevo coronavirus puede transmitirse a través de las picaduras de este insecto. De hecho, se trata de un virus respiratorio y, por tanto, se propaga principalmente por el contacto con las pequeñas gotas respiratorias que una persona infectada genera cuando tose o estornuda, o a con su saliva y secreciones nasales.

Las monedas
El riesgo de infectase por el contacto con objetos, incluso cuando pasan por tantas manos como las monedas y billetes o tarjetas de crédito, es muy bajo.

El coronavirus viaja
No, estos virus no se propagan a grandes distancias a través del aire. El coronavirus se expande principalmente a través de las pequeñas gotas de saliva que se expulsan al toser o estornudar, y estas gotículas son demasiado pesadas para propagarse a grandes distancias. Los coronavirus tampoco pueden llegar hasta 8 metros de distancia de una persona que tose o estornuda, como indica otro rumor. Las gotículas respiratorias alcanzan hasta 1 metro de distancia de la persona infectada.

Perros y gatos
Por el momento, no hay ninguna prueba de que el nuevo coronavirus infecte a animales de compañía como los perros y los gatos. No obstante, las mascotas son portadoras de bacterias habituales que pueden transmitir al ser humano, como la E. Coli y la salmonela.

El secador de manos
No. Los secadores de manos que habitualmente se encuentran en los baños públicos no matan el COVID-19, aunque se usen durante 30 segundos. El contagio solo se evita empleando un gel desinfectante o agua y jabón.

La orina
Es falso: La orina no mata los virus ni las bacterias, más bien al contrario, ya que puede contener pequeñas cantidades de material vírico o bacteriano. Por ello, lavarse las manos o limpiar determinadas superficies con orina infantil no protege frente al COVID-19. Mejor usar un desinfectante a base de alcohol o con agua y jabón.

El frío y la nieve
Los virus, también el COVID-19, viven en el cuerpo humano, cuya temperatura se mantiene en torno a los 36,5 y 37 grados centígrados, con independencia de las condiciones meteorológicas, así que no se puede afirmar que el frío o la nieve eliminen este patógeno.

La cocaína
No hay pruebas que respalden esta afirmación. La cocaína es simplemente una droga estimulante y adictiva, cuyo consumo provoca graves efectos secundarios y es perjudicial para la salud de las personas.

Alcohol y cloro
Esto no sirve para matar los virus que ya han entrado en el organismo. De hecho, pulverizar estas sustancias puede dañar la ropa y las mucosas.

Vacunas contra la neumonía
No. Las vacunas contra la neumonía, como la neumocócica y la vacuna contra la Haemophilus influenzae de tipo B (Hib), no protegen contra el nuevo coronavirus. El COVID-19 es tan nuevo y diferente que es necesario desarrollar una vacuna específica, en la que ya se está trabajando con el apoyo de la OMS.

Antibióticos
Estos medicamentos no evitarán el contagio del coronavirus ni curarán al enfermo que lo haya contraído. Los antibióticos son eficaces contra las bacterias, pero no contra los virus como el COVID-19. En caso de hospitalización, sí puede resultar útil administrar antibióticos para que el paciente no contraiga infecciones bacterianas.

Enjuagarse la nariz
No hay pruebas que indiquen que esta práctica protege de la infección por el nuevo coronavirus. Aunque enjuagarse la nariz regularmente con solución salina puede acelerar la recuperación tras un resfriado común, no se ha demostrado que prevenga las infecciones respiratorias.

Comer ajo
El ajo es un alimento saludable que puede tener algunas propiedades antimicrobianas, pero no se ha demostrado que comerlo proteja contra el virus que causa el brote actual.

El aceite de sésamo
No. El aceite de sésamo no mata al nuevo coronavirus. Hay desinfectantes químicos que, aplicados sobre las superficies, pueden matarlo, como la lejía, el cloro, algunos disolventes, el etanol al 75%, el ácido peracético y el cloroformo. Sin embargo, estos productos tienen una eficacia escasa o nula contra este nuevo patógeno si se aplican en la piel o bajo la nariz y, además, pueden dañar la piel.

(Republica.com -26/02/2020-)