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viernes, 3 de diciembre de 2021

El bocadillo de queso

 Había un joven albañil que cada día se llevaba un bocadillo para comer en el trabajo. Cuando llegaba la hora de desayunar, sacaba el bocadillo de su envoltorio y, día tras día, sus compañeros eran testigos de la misma desilusión. El muchacho, al ver que el bocadillo era de queso, empezaba a lanzar todo tipo de improperios: que si estaba aburrido de comer siempre lo mismo, que el queso le sentaba mal, que le daba alergia…

Un día, uno de sus compañeros, harto de escuchar siempre las mismas protestas, le dijo: 


- Perdona que me meta en tu vida, chico, pero es que todos los días te quejas de lo mismo y y a estamos un poco cansados. ¿Por qué no le diez a tu madre o a quién sea que te prepare el bocadillo con otro relleno que no sea queso? Si quieres, los compañeros podemos darte un par de ideas…


El muchacho, avergonzado, respondió: 


- Es que yo no vivo con mi madre. El bocadillo me lo preparo yo solito.





miércoles, 10 de noviembre de 2021

La Carta

Todas las mañanas llego a la oficina, me siento, enciendo la lámpara, abro el portafolios y, antes de comenzar la tarea diaria, escribo una línea en la larga carta donde, desde hace catorce años, explico minuciosamente las razones de mi suicidio.

Luis Mateo Díez




lunes, 8 de noviembre de 2021

¡Ladrones! (Cuento árabe)

—Rápido —cuchicheó la mujer de Nasrudín una noche— Hay ladrones en casa. Veo los bultos que han dejado en el jardín.

Nasrudín echó a un lado la ropa de la cama y empezó a salir por la ventana.

—¿Qué haces? —le preguntó su esposa.

—Mientras registran nuestras miserables posesiones, voy a robarles sus bultos.




viernes, 9 de octubre de 2020

Gaviotas a la vista

- Qué no, que no… que a mí no me subes a un velero “ni-harto-vino”. La última vez que me monté en algo parecido fue en el la barcaza esa que te lleva del puerto de Alicante a Tabarca… y debía tener yo ocho años como mucho. Eché hasta la primera papilla. Desde entonces no me he subido ni a un patín de playa, de esos de pedales.

- Pues tú te lo pierdes, porque…


Y se pusieron a glosar las maravillas del viento en la cara, la sensación de libertad, las ventajas de bañarse en pelotas en alta mar… y todos los tópicos recurrentes en estos casos. Yo hacía como que les escuchaba, sin molestarme en desmontar ninguno de sus argumentos, porque no hay manera de convencer a un talibán, aferrado a sus verdades irrenunciables.


Yo, que soy de secano por la gracia de dios, me conformo con mis paseos por la playa, recrearme con la imagen romántica de las olas rompiendo para llegar mansas ya a la orilla y ver cómo van borrando las huellas de mis pasos. Como en las postales y en las fotos de internet.


Ya sé que me pierdo, pero enseguida me viene a la memoria aquella vez en la playa de Cullera, cerca de un hotelito de los años sesenta o setenta que se llama “Sicania” -como la tribu que poblaba aquella zona antes de que los romanos “urbanizaran” Sagunto-. Estaba yo en “modo ecologista romántico”, extasiado en el paisaje silvestre, cuando me vi a un pedazo de gaviota obligando a poner pies en polvorosa a un par de perros salvajes que, quizás se habían acercado demasiado a aquel buitre marino. Debía medir la condenada más de metro y medio de ala a ala. Pero cuando despejó el panorama la tomó conmigo. Aun se me erizan los pelos de cogote recordando sus vuelos rasantes sobre mí… Así que cuando veo huellas de gaviota o miro para arriba y veo alguna cerca lo normal es que cambie de dirección. Ni yo les caigo simpático ni ellas a mí. Vamos a llevarnos bien.


A mi que me de tierra firme. Lo siento. Y más en días como hoy, con nubes de tormenta.





miércoles, 17 de junio de 2020

Leon Tolstoi - ¿De qué tamaño es tu piedra?

Dos mujeres en busca de la sabiduría visitaron a un hombre santo. Una se consideró una gran pecadora. Nunca dejó de culparse por traicionar a su esposo cuando eran jóvenes. La otra había vivido toda la vida de acuerdo con los mandamientos de Dios; por eso no se reprochaba por cometer ningún pecado específico y se sintió relativamente bien de su vida.

El santo las cuestionaba a ambas. La primera mujer con lágrimas confesó su pecado, aun siendo tan enorme. Consideró el pecado tan grande que no esperaba el perdón. Pero en desesperación lo dijo de todas maneras. La segunda mujer dijo que no pudo pensar en ningún pecado específico que había cometido, o por lo menos, nada que merecía mención. El santo dijo a la primera mujer

- Ve, siervo de Dios, más allá de los muros de la ciudad y busca la piedra más grande que podrás cargar y tráemela.

Y dijo a la segunda mujer que no reconocía ningún pecado en particular

- Tráeme piedras también, pero piedras pequeñas, tantas como puedas cargar.

Las mujeres se fueron e hicieron lo que les mandó el santo. La primera mujer le trajo una piedra grande, y la segunda un saco de pequeñas piedras. El santo las miró y dijo

- Ahora, esto es lo que quiero que hagan. Lleven las piedras de regreso y pónganlas en el mismo sitio donde las encontraron. Entonces vuelvan a mí.

Las mujeres se fueron para cumplir lo que les mandó el santo. La primera mujer fácilmente encontró el lugar donde había conseguido la piedra y la devolvió a su sitio. La segunda mujer no pudo recordar en donde había encontrado todas las piedras pequeñas y regresó con el saco lleno. El santo dijo a la primera mujer

- Fácilmente devolviste la piedra grande y pesada porque recordaste en donde la conseguiste».

Pero a la segunda mujer dijo

- No pudiste devolver las piedras pequeñas porque no pudiste recordar en donde las conseguiste. Así es con el pecado -el santo dijo a la primera mujer- Recordaste tu pecado. Por eso sentiste remordimiento en tu conciencia, y como tu pecado dolió a otros. Entonces te arrepentiste y en arrepentirte, te liberaste de la carga de tu pecado -dijo a la segunda mujer- Pero tú trataste de devolver las piedras pequeñas. Cometiste pecados pequeños y en no pensar mucho de ellos, no pudiste recordarlos. Por eso no podías arrepentirte de ellos. En vez de esto, aprendiste a condenar los pecados de otros, como el de esta otra mujer, mientras te hundiste más y más en tu pecado. Ciertamente tu carga es más pesada.