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jueves, 10 de octubre de 2019

Acciones y palabras


Pensemos en personas tan dispares como Pedro infante -quien conquistó a muchos por su carisma de hierro y su forma de interpretar sus canciones- que supo comprender todo el bien y todo el mal, sabiendo que “las estrellitas le llenarán de inspiración para decirte cositas bonitas”- o en Teresa de Calcuta. Ya de religiosa estaba viviendo la intensidad del amor desde lo más pequeño, intuyendo la razón profunda de las  acciones más simples, pues "debemos de hacer las cosas ordinarias con un amor extraordinario”.

Mucha más gente podemos incluir en ese listado imaginario que va desde de Charles Darwin hasta Aristóteles o Platón, pasando incluso por Napoleón Bonaparte y Julio César, sin olvidarnos de Leonardo DaVinci, Galileo Galilei, o incluso Albert Einstein y Martin Luther King, que no por si acaso al final es menos importante.

Nacido en Palestina con padre de profesión carpintero, le dio tiempo a ir dejando caer multitudes de semillas de amor y concordia. Inauguró un estilo nuevo que todavía sigue siendo actual e necesario. Hablamos de un tal Jesús de Nazaret

No cabe duda que las frases con las que expresan su pensamiento, reflejo por otra parte de su vida, son para nosotros un auténtico desafío. ¿Podemos nosotros vivir este desafío?

domingo, 3 de marzo de 2019

Pequeñas grandes cosas

“No podemos hacer grandes cosas, pero sí cosas pequeñas con un gran amor”. Es una de esas frases lapidarias que tiene Teresa de Ávila.

Vivimos inmersos en una sociedad en la que la importancia de una persona le viene dada por las “cosas grandes” que hace.

Entre una acepción y la otra hay diferencias, que ahora no voy a explicar evidentemente, porque no es este el cometido que pretendo.

No sé si estaréis o no de acuerdo conmigo, pero cuando hablo de hacer “cosas grandes”, estoy pensando en algo que llama la atención por su enormidad física o su dificultad evidente, por ejemplo, o en acciones que sobrepasan la capacidad normal de las personas.

Sí, mal que nos pese, el dinero continúa siendo, desde que este se convirtió en elemento esencial para conseguir bienes y servicios, en el referencial más claro a la hora de calificar la importancia de personas, cosas y acciones. Ese es para muchos el elemento que utilizan como vara de medir.

En segundo lugar, la grandeza a una persona le vendría dada por el esfuerzo que ha tenido que hacer para conseguir un logro o llegar a una meta. No me refiero solamente al esfuerzo físico, sino a cualquier tipo este, como el intelectual concretamente.

Por último, se me ocurre pensar que otro de los factores que nos influyen a la hora de calificar algo cuán sería de grande el aplauso o la admiración que provoca en los demás lo que alguien ha hecho o realizado. Quien sea aficionado al deporte lo tiene muy claro a la hora de entender este tercer supuesto. Y también todas las personas relacionadas con el mundo de la música, del cine y del espectáculo o del arte en general.

Visto así, está meridianamente claro que solamente pocas personas pueden hacer “cosas grandes”; quedaría en manos de unos cuantos dotados, privilegiados, o aupados, pero nada más.

Sin embargo, el poder hacer “grandes cosas” (el epíteto delante), lo que Teresa denomina “cosas pequeñas”, sí que está al alcance de cualquier persona independientemente de su condición social, raza, credo, ideología, etc. Por la sencilla razón que todo hombre y mujer lleva en su corazón el instrumento con el que se hacen “semejantes cosas”, que no es otro que el amor y que está muy por encima del dinero.

Solamente me gustaría, para finalizar, añadir una cosa: no estaría de más aderezar este amor con unas cuantas dosis de humildad; lo convertirían en único y lo añadirían un grado de cualidad insuperable.



domingo, 9 de septiembre de 2018

Pensar, ser, hacer...


Esta de moda. Casi todos lo tenemos presente en nuestras conversaciones. Y vamos siendo más los que no lo dejamos en palabras de ocasión, sino que lo guardamos en nuestra mente. Me refiero a eso de “Vivamos el presente”. Lo anterior ya pasó y hay que asumirlo recordando lo positivo. Lo que de negativo pudiera haber lo asumimos como una lección práctica de lo que no debemos hacer. Libros, artículos, reflexiones, películas sobre el presente se multiplican cada día por un número mayor.

Eso sí. Vivir el presente está relacionado con la forma con que cada uno percibe el mundo que le rodea. Todos tenemos los mismos sentidos y, sin embargo, las interpretaciones que damos son muy diferentes. Nuestro cerebro procesa la información y la interpreta de una manera concreta y personal. Esta variedad es lo que enriquece nuestro entorno inmediato y hace que el mundo sea lo que percibimos.

Cuando uno tiene un modo de vida basado en el pensamiento, en lo que ha hecho y hace puede hacerle sentirse feliz. El problema puede estar en algo muy sencillo de cambiar. El problema es que NO PENSAMOS.

¿No sería bueno una revolución del pensamiento? Que no nos quepa la menor duda: si queremos SER tenemos que HACER.