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viernes, 19 de julio de 2019

El viejo hotel


Mi abuela me invitó a celebrar mi cumpleaños en la ciudad donde nací. Es la primera vez que piso del hotel Green Beach, pero tengo la sensación de conocer el lugar. Igual es por las tantas y tantas historias que mi tía Alicia me ha contado del tiempo de mi infancia. Llegamos a la hora del almuerzo y durante la comida he conocido a alguien. Yo he querido salir del baño y ella entrar quería entrar. Hemos tropezado en la puerta. Fue la ocasión de conocernos, reírnos un poco del choque, iniciar una conversación y quedar las dos por la tarde en la cafetería del Club de los poetas muertos.

Por otro lado, me sigue oliendo a gato muerto la invitación de mis abuelos a venir aquí, máxime cuando descansando un rato me he despertado sobresaltada porque uno alto amarillo ha saltado sobre mí como si fuera lo más normal del mundo.

A la mañana mientras desayunábamos pude comprobar lo extraño de las costumbres del lugar. Junto al café con leche y un bocadillo de queso tierno, nos sirvieron una jarra de cerveza y, como pinchó para picar, un hilo de pimientas piconas. Parece que es una costumbre de la casa.

Tampoco pude dormir la segunda noche, pensando de nuevo en el gato. Y sobre las 3 de la madrugada, cuando pensaba ya que era una tontería y que tendría que haberme dormido, fue cuando el gato negro de ojos amarillos salió debajo de mi cama. Y aunque el que lea esto no se lo crea, puedo jurar que hizo un gesto con la cabeza como para que lo siguiera, llevándome escaleras abajo hasta el lugar del  recepcionista, quien me entrego unas hojas amarillas donde había escrito mi diario. Toda una sorpresa sorpresa descubrir que no eran las únicas hojas con mi letra y que me confirmaba mi sospecha: No era la primera vez visitaba el hotel, aunque también pudiera ser que el recepcionista me ha confundiera con mi tía o  con mi abuela que, tiempo atrás, frecuentaban el viejo edificio. Las piezas no terminaban de encajar en mi cabeza, como si de un puzzle
difícil de resolver se tratara.

Aquella noche llego también Julieta, su hermana mayor, que le dio la oportunidad de conocer todos los detalles de su historia. Había llegado el momento y así lo manifestó en voz alta el encargado de la ceremonia. Como cada vertidos años se reunían en el mismo hotel para celebrar la unión de o vida con muerte

Y todo transcurrió tan deprisa que solo los devotos de aquella secta fueron capaces de ver cómo la cumpleañera tomaba un líquido especial hasta convertirla en una pequeña infante digna de presentar como sacrificio.



sábado, 7 de abril de 2018

El alma suelta


Queriendo conocer nuevos horizontes tropecé con ciertos lugares de luces amables pero con césped artificial, coches derrapados y vendedores de matrículas viejas, un circo vallado con rejas y en su interior solo una autocaravana por debajo de la cual corría el agua, con gente que al hablar contigo solo recordaba su infancia y que si le preguntabas por el hoy te respondía: Sobrevivimos. Sobrevivimos.

Un pueblo que me sirvió para saber un sitio más donde no quiero vivir y para recordar mi sueño en ser astronauta al menos en una tarde tan larga como una salchicha . Todo ello en un día en que el sol apretaba y el sudor parecía tener visado internacional.