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domingo, 12 de agosto de 2018

Encuentros


''Yo me hago y me vuelvo a hacer continuamente. Cada persona extrae de mi diferentes palabras".
Virginia Wolf

Encontrándonos varios amigos, que con frecuencia nos veíamos cuando jóvenes y en los momentos de transición política en el bar Hespérides recordábamos, cuántas veces habíamos comido y cenado alguno de los excelentes platos combinados que se servían en aquella cafetería, de la que por cierto su propietario era un emigrante canario a Uruguay que volvió a invertir en Canarias lo había ganado en país sudamericano. Hoy, que tanto se habla de aquellos que vienen a ocupar nuestro territorio desde fuera, bueno ería hacer un inventario de aquellos de nosotros que en otro tiempo ocupamos otros territorios.

Eran tiempos de reuniones en los que teníamos la certeza de que el país y nuestra realdad estaban cambiando de verdad. Eran horas tranquilas en las que tomamos nuestro café y cambiamos impresiones con serenidad y también con esperanza, no exenta de ciertos temores, pero animados por un ambiente de algo más de libertad de la que entonces se respiraba.

Recuerdo que el 23F la terraza quedó vacía y el día siguiente por la tarde, aunque la confusión seguía presente teníamos ya la sensación de que el peligro había sido extirpado y qué aquel fenómeno esperpéntico se quedaba en el siglo pasado. Así nos repetían una y otra vez las imágenes de la televisión y los comienzos de los telediarios.

Nuestras tertulias corrían a dar el paso a los comentarios de editoriales, documentos, libros. Nos servía para comparar lo que sucedía en aquella obra de teatro o en aquella novela con lo que estaba ocurriendo en la realidad. Otras veces era simplemente la literatura la que fuera la protagonista.

Al recordar aquel establecimiento quiero recalcar la importancia que tienen esos lugares para mucha gente, hoy también por el motivo que fuese. Siempre es importante establecer puntos de encuentro, lugares en los que poner en común los puntos de vista de cada uno.

Conozco algún grupo de Facebook, como por ejemplo  el club de los retos de Dacil que, con la frecuencia de una vez al mes, se reúnen bien en la plaza de las Ranas imanes o bien en un pequeño restaurante modesto donde, al tiempo que comparten la comida, comentan las incidencias que se han ido produciendo durante el mes en la lectura de los artículos de cada uno.

Son reuniones en las que compartimos todo aquello que bulle en nuestra mente y que muchas veces no tiene ocasiones de salida. Por eso, por su vital importancia -la de compartir iniciativas de ayer y de hoy- brindo por su continuidad.




jueves, 20 de julio de 2017

Ya no


Toda mi vida he sido un adicto a las tertulias radiofónicas. Y no de una emisora, de varias. Siempre me ha gustado contrastar opiniones, picar de aquí y de allá y extraer mis propias conclusiones. Puede sonar a tópico, pero es la verdad. Por supuesto, congeniaba con unos tertulianos más que con otros y tenía mis días preferidos, que eran aquellos en los que coincidían los que me parecían más ingeniosos o más agudos en sus afirmaciones.

Cuando el género se trasladó a la televisión lo acepté de buen grado, aunque tuve la sensación de que algo se empezaba a perder por el camino. Me pareció que se ganaba en teatralidad lo que se perdía en profundidad, pero pensé que eran prejuicios míos, que siempre he visto en la radio una mayor proximidad al receptor del mensaje que a la televisión.

Pero ya no. Se me ha acabado la paciencia de ver tertulias televisivas convertidas en shows, siempre por los mismos payasos que, disfrazados de periodistas, repiten infinitamente los mismos argumentos falaces, al servicio de intereses tan evidentes como concretos, y cuya técnica de debate es interrumpir la argumentación ajena, vía aumento de decibelios en el tono de voz. Es lo que tiene la demagogia, que primero sorprende, pero después aburre de tan reiterativa que se hace al oído.

Me niego a ser un número que aumente el share de la audiencia de un programa que se base en el escándalo entre tertulianos, en lugar de en la capacidad de diálogo de los mismos. Me queda el poder que me da el mando a distancia de mi televisor, mi capacidad para no dejarme caer en la atracción morbosa por ver si llegan a unas manos a las que nunca van a llegar (ni lo deseo).

De lo que sí tengo que asegurarme, de ahora en adelante, es que no me falten nunca pilas.