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miércoles, 8 de abril de 2020
viernes, 21 de junio de 2019
Malos tiempos para quienes huyen
Vivimos tiempos difíciles para
los más de 70 millones de personas que se han visto obligadas a huir de sus
hogares, pero también para quienes defienden sus derechos.
Las metáforas bélicas que se utilizan para hablar de las
llegadas de personas que huyen son un reflejo de ello: avalancha, amenaza,
salto con violencia, asalto a la valla, asalto a nuestras costas... Son
expresiones que tratan de legitimar las erróneas políticas migratorias que se
están llevando a cabo en todo el mundo y que solo tienen un único enfoque: el
control de fronteras para evitar que lleguen, por encima de las vidas y los
derechos.
El sociólogo Abdelmalek Sayad nos indicaba que las políticas migratorias
funcionan como un espejo que refleja las problemáticas propias, permitiéndonos
ver qué sociedad somos, qué sociedad estamos construyendo y qué sociedad
queremos ser. Y en esa lógica, en los últimos años, el reflejo que nos devuelve
nuestro espejo es bastante trágico y preocupante. Unas políticas migratorias
que se materializan en la obsesión por blindar y externalizar las fronteras,
cerrar puertos a los barcos de rescate o bloquear su salida, construir muros y
alzar las vallas, suprimir las operaciones de rescate, criminalizar la
solidaridad son solo algunas de las nefastas imágenes que nos devuelve ese
espejo.
En el año 1989, había en Europa un total de 16
muros. En el año 2018, esta cifra se incrementó hasta 70. Más de 1000 km de
vallas de las cuales, 25 de ellas se han construido en los últimos cinco años.
Pero no podemos olvidar que la ineficacia de estos muros está demostrada. Por
tanto, ¿qué función cumplen y para quién? Realmente los muros son simbólicos. A
quienes huyen del terror y de la desesperación no les genera ningún miedo, pues
lo que dejan detrás es mucho más terrible y es a lo que verdaderamente temen,
pero a los que estamos 'dentro del muro' nos mantiene asustados por las
supuestas amenazas que vienen del otro lado. De este modo, los muros tienen la
función de hacernos sentir que nuestros gobiernos nos protegen de una supuesta
'invasión' que nos va a arrebatar nuestros escasos bienes.
En este contexto, y bajo ese caldo de cultivo, han
ido surgiendo movimientos xenófobos que, aprovechando el malestar social, han
convertido a las personas migrantes y refugiadas en la causa de todos los
males. Sus discursos antiinmigración, aludiendo a la necesidad de cuidar 'lo
nuestro', imaginando una sociedad unicultural, que ya no es más que la sombra de
un pasado alejado de la globalización, de la que por otro lado somos
consumidores sin prejuicios, han contaminado tóxicamente todo el debate
político y social poniendo en riesgo la cohesión y la convivencia.
Ellos hablan sin tapujos, sin vergüenza sobre los
'males' que representan las personas refugiadas y migrantes y, sin embargo, los
líderes políticos que defienden los derechos humanos y tienen una visión más
abierta y progresista ante las migraciones han rebajado su posicionamiento para
no exponerse públicamente. De este modo, están ganando la batalla los
extremistas.
En un mundo como el actual, globalizado, la idea de
volver a una sociedad bajo una única identidad homogénea es un artificio basado
en un imaginario segregacionista y xenófobo, basándose en una idealización del
pasado, imposible en el mundo de hoy. Estos discursos están chocando y chocarán
con las limitaciones prácticas de la realidad, pues no tienen encaje en la
actualidad, por lo que el engaño a los votantes de estos partidos se pondrá en
evidencia.
Es necesario que hablemos con valentía,
exponiéndonos y argumentando que una sociedad justa y decente debe cumplir con
los derechos humanos y los compromisos internacionales, sin olvidar que muchas
sociedades que fueron construidas con una importante aportación de personas
migrantes y refugiadas, hoy, son las más prósperas y modernas de nuestro
planeta.
Sin embargo, seguimos retrocediendo en cumplimiento
de derechos y en las políticas migratorias y de asilo. Si tuviéramos que
describir la gestión de las migraciones internacionales y el asilo en estos
momentos, deberíamos decir que nos hemos instalado en un estado de permanente
excepcionalidad.
Medidas provisionales que se ponen en marcha para
solventar supuestas situaciones puntuales acaban convirtiéndose en permanentes,
transformando las políticas de los gobiernos, incluso con prácticas que violan
o bordean la legalidad a la vista de todos. Es el caso de las denominadas
devoluciones 'en caliente'. Eso sí, siempre bajo una narrativa de legitimidad,
construida sobre el discurso de la seguridad y del miedo al 'otro' al cual
deshumanizamos intencionadamente para que sea más fácil arrebatarle los pocos
derechos que se le otorgan, representándole como una amenaza, en defensa de 'lo
nuestro'. De esta forma se vulneran tratados internacionales, y lo que haga
falta.
Bajo ese paradigma, seguimos siendo testigos de la
tragedia inadmisible de las muertes en el Mediterráneo. Más de 2.300 personas
perdieron la vida en el mar en 2018, aumentando la tasa de muertes por llegada
respecto a años anteriores: una de cada 52 personas que intentaron alcanzar las
costas europeas fallecieron ahogadas. Desgraciadamente este año, este goteo
trágico continúa creciendo.
Sin embargo, se ha construido un discurso político
que sostiene que estas muertes solo se evitan luchando contra las redes de
tráfico y no rescatando personas en el mar. Las muertes de las personas que
intentan llegar a Europa se justifican como el efecto colateral de esos
'inhumanos traficantes de personas que se aprovechan de los más débiles'. Para
acabar con ello –dicen–, la única solución es reforzar
los controles migratorios y la persecución del tráfico. Entre tanto, ni una
sola propuesta para habilitar vías legales y seguras ni una política de visados
activa, que sería la única fórmula para arruinar ese boyante negocio que
estamos permitiendo a los traficantes de personas.
El gobierno de Sánchez inició su andadura con lo que
se ha denominado 'el espíritu del Aquarius'. Ahora, hace precisamente un año de
aquella acogida que tuvo eco en toda Europa y que nos ilusionó como el símbolo
de una nueva forma de enfocar las políticas migratorias en España y que
esperábamos pudiera tener un efecto contagio en el resto de Europa. Además,
ante el incremento de llegadas durante el verano, se pusieron en marcha
numerosos recursos y centros para dar una mejor recepción y acogida a las
personas que llegaban a las costas españolas, lo que mejoró también
notablemente aquella situación de emergencia.
Sin embargo, meses después, hemos visto como nuestro
país ponía otro tipo de obstáculos muy preocupantes que nos dejaron
desconcertados, rechazando ofrecer puerto seguro a otros barcos, dificultando
la salida de los barcos de rescate en el Mediterráneo de ONGs españolas,
desempolvando un acuerdo con Marruecos del año 1992 para facilitar las
devoluciones exprés, imponiendo visados de tránsito a nacionalidades
susceptibles de recibir asilo como son palestinos y cameruneses, y manteniendo
estos mismos visados a las personas de origen sirio.
Las largas colas y esperas para formalizar el asilo,
las dificultades para acceder a la primera acogida, la dilatación en la
resolución de los expedientes, el stock de expedientes sin resolver, son
algunas de las cuestiones que ponen en evidencia que hay muchas cosas por hacer
y mejorar en el sistema de asilo español.
Desde
CEAR, en el Día Mundial del Refugiado, pedimos al nuevo gobierno de Sánchez
que, en esta nueva legislatura, recupere el espíritu del Aquarius, tratando de
liderar una nueva política migratoria en Europa y que, en base el Pacto Mundial
sobre Refugiados de Naciones Unidas ratificado por España, promueva un Pacto de
Estado por el Asilo poniendo el foco en las personas. Para ello, es necesario
que seamos valientes, dejando de lado el miedo a los movimientos xenófobos que
no pueden, ni deben, ganar esta partida, porque lo que está en juego es la
decencia de nuestra sociedad.
(eldiario.es -16/06/2019-)
miércoles, 1 de mayo de 2019
Los tiempos que corren
Estrés, agobio, ansiedad… Pocos
son los que de ellos se escapan. La hipoteca, la cocina, la limpieza, el
supermercado, el ambulatorio, la guardería, el colegio, las actividades
extraescolares, el deporte de fin de semana, la farmacia… Hoy se lamenta haciendo
horas extras en el trabajo haciendo por 1000 € raspados en el bolsillo final de
mes.
Lo curioso es que, según la
evolución del poder adquisitivo, el salario más humilde de los años 60 y 70
equivaldría a 2800 € según estudios recientes. La pregunta, pues, es de rigor: ¿a
dónde ha ido a parar la diferencia? Una pregunta que va unida a una respuesta:
las 26 personas más ricas del mundo poseen tanta riqueza como los 3800 millones
de personas más pobres del mundo, según el informe de la OXFAM.
Podríamos también hablar del
desequilibrio que producen las empresas chinas e indias, cuyos productos tumban
nuestros precios y por tanto nuestros salarios. Costes de la globalización.
Y detrás de todo, no podemos
dejar de ver a la codicia del querer tener cada vez más que el otro, el miedo
de perder, el espíritu de competición, el que negarle todo al otro, pues sí yo
no lo devoro, me devora él a mí. Y así vamos más rápido huyendo hacia delante,
fabricando cada vez que pidas más insolidaridad.
Tendrá que llegar un momento
en que paremos, respiremos a fondo, sintamos el jadeo, miremos al herido y
veamos cómo corregir el rumbo.
sábado, 17 de febrero de 2018
Avestruces
Me sorprende
mucho cómo, en medio de un mundo conectado, en el que sabemos casi todo y
estamos llenos de información, muchas cosas importantes de nuestro alrededor
las intentamos apartar, o incluso tratamos de ocultarlas. Así sucede con las personas
mayores, que relegamos a residencias; o con la muerte y el dolor, temas de los
que preferimos no hablar, no vaya a ser que cojamos un trauma. También sucede
con la prostitución, que todos sabemos que está ahí, pero preferimos mirar para
otro lado. Recuerdo que cuando era pequeño, alguna vez que iba al zoo o al
parque de atracciones de Madrid, al pasar por la zona de prostitución en la
misma Casa de Campo, mis padres me tapaban los ojos para que no viera nada. Demasiadas
veces, inconscientemente, ante lo que no te gusta ver, prefieres mirar para
otro lado. Imagino que a muchos que me leéis os pasa lo mismo.
Sucede con
muchos aspectos de la vida. Preferimos hacer como los avestruces, que entierran
sus cabezas en la arena en momentos de peligro, pensando que así pronto pasará.
Y lo cierto es que la realidad no deja de estar, y aunque tenga un poco de
razón eso de «ojos que no ven…», a mí el corazón me dice que es mucho mejor
afrontar las situaciones complicadas, porque probablemente serán las que más
marquen nuestras vidas y nos hagan crecer. Me dice que los ancianos merecen que
el resto de la sociedad les valoremos y cuidemos por todo lo que han hecho; me
dice que la muerte es parte de la vida, y que saber y aprender de ella hace que
la vida tenga mucho más sentido; me dice que el dolor no es deseable, nadie
quiere sufrir, pero que aún en los momentos más dolorosos de la vida, uno puede
aprender de esas heridas; y que no podemos condenar a una mujer por ejercer la
prostitución, sino que podemos tratar de comprender el sufrimiento o la
precariedad que la ha llevado hasta ahí y en todo caso cuestionar una sociedad
que utiliza demasiadas veces a las personas como objetos.
El refranero es muy
sabio, pero creo que el corazón prefiere utilizar todos los sentidos, para
poder ver bien la realidad, para poder entenderla, y para dar otra respuesta,
porque callarse o mirar para otro lado es fácil, pero genera más vida mirar y
creer que se puede hacer mejor.
Borja Riestra
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