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sábado, 2 de febrero de 2019

Roma


Ya me lo advirtió el guía: “No es nada fácil conseguir una entrada para el Museo Vaticano con tanta premura”. Así que me quedé descolgado del resto del grupo. Toda una mañana libre por Roma es una alternativa que cada vez me parece más atractiva. No es la primera vez que visito la ciudad. Ya conozco los típicos rincones que se presentan como indispensables para los turistas.

La primera fue aquella vez, cuando aun dejaban fumar en los restaurantes y casi tengo que salir de uno a escondidas, no por no pagar la factura, sino para que no descubrieran la quemadura que hice en aquel mantel de hilo carísimo, que tuve que ocultar con un cenicero con un dios maya, un tanto sobrecargado para mi gusto. Recuerdo más el incidente que el menú, pero lo que más recuerdo es la vergüenza que pasé hasta que estuve tres calles más abajo, en pleno Trastevere.

La segunda visita, muchos años después, no fue por motivos de negocios, como en la primera ocasión. Fue una visita rápida pero muy divertida. Casi con lo puesto, improvisada, en pleno ferragosto. Teníamos tampoco dinero que nos conformamos con cualquier cosa. Una habitación para los cuatro amigos, en un ático en el Prati, no muy lejos del Castillo de Sant’Angelo, viejo, pero suficientemente acogedor. Cerca había un mercado en el que nos abastecíamos de lo necesario para pasar el día: fruta (un par de manzanas, un plátano, una pera , naranjas…), botellas de agua y ganas de patear y conocer gente.

En esta, la tercera vez que pongo los pies en esta ciudad tengo la oportunidad de recorren solo y por mi cuenta la ciudad, de perderme en sus calles que, de una manera inexplicable, me parecen familiares, como si en una vida anterior hubieran sido las mías. No sé, pero no necesito un libro de viajes. No me siento un turista, me siento un romano más.




domingo, 21 de enero de 2018

El callejón

Casco antiguo. Paseo. Pasado y presente. Apasionante. Historia. Originalidad. Reposo. Silencio. Sabiduría. Belleza. Muros que hablan. Puertas que acogen. Rincones. Amistosos. Búsqueda del interior. Buen pensar. Recuerdo de los que nos precedieron. Intimidad. Espejo de la gente. Lugares que todos debemos conocer. Cercanía con diferentes generaciones. Museo al aire libre. Columnas. Tejado. Símbolos de vivencias. Despacio. Unidad. Casa de todos. Refugio y tesoro de lo típico de cada lugar.



Así son los callejones de mi casco antiguo donde recordando mi historia me lanzo a construir la que me queda. Caminando sin prisas y disfrutando de ti mismo y de los demás. Es un baño de tranquilidad que te permite acabar ese día de tu vida con serenidad y paz interior, las mejores armas para lanzarte a la aventura del día siguiente por venir.


viernes, 1 de diciembre de 2017

Calles silenciosas

Me gusta que en mi ciudad haya calles y casas que parezcan hechas a mano. Me gustan esos rincones donde uno puede experimentar el sentir. Pasamos por la vida subiendo escarpadas sin sentir la alegría de los pasos dados que nos darían impulso por avanzar en los restantes. Siento en esos espacios como el blanco y negro de sus paredes sintonizan en mi interior haciéndome volver a las mismas preguntas de siempre.

Me gustan esas calles porque, con lo dicho, no son paños que curan mis llagas sino los arcos que me lanzan a la rebelión, primero conmigo mismo. Me gustan los colores que te invitan a encontrarle el punto a la vida. Una vida donde no aparcamos ni en las zonas de confort y comodidad ni en las de miedo, que nos paralizan, sino que nos empujan a no dejar de hacer aquello que deseamos. Me gustan esas calles donde, a nuestro paso por ellas, su silencio nos impulsa a vivir.