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domingo, 21 de febrero de 2021

El hombre en la colina

Tres personas que viajaban en una pequeña caravana vieron a un hombre que contemplaba el atardecer en el desierto del Sahara, desde lo alto de una colina.
- Debe de ser un pastor que perdió una oveja y procura saber dónde está –dijo el primero.
- No creo que esté buscando nada, y mucho menos a la hora de ponerse el sol, cuando la visión se hace confusa. Creo que espera a algún amigo.
- Estoy seguro de que es un hombre santo, en busca de la iluminación –comentó el tercero.

Comenzaron a comentar lo que el tal hombre estaría haciendo y tanto se empeñaron en la discusión que casi terminan peleándose. Finalmente, para decidir quién tenía razón, decidieron subir a la montaña e ir a hablar con él.

- ¿Está usted buscando su oveja? -preguntó el primero.
- No, no tengo rebaño.
- Entonces seguramente espera a alguien –afirmó el segundo.
- Soy un hombre solitario, que vive en el desierto –fue la respuesta.
- Por vivir en el desierto y en la soledad, debemos creer que es usted un santo en busca de Dios, y está meditando –dijo, contento, el tercer hombre.
- ¿Es que todo en la Tierra necesita tener una explicación? Pues entonces me explico: estoy aquí solamente mirando la puesta del sol, ¿Acaso eso no basta para dar sentido a nuestras vidas?



Paolo Coelho



sábado, 11 de julio de 2020

Tejedor de realidades (Julio Andrés Pagano)

Cuentan que la curiosidad hizo que un niño descubriese la vital importancia de ayudar a crear entornos de paz, amor, luz y consciencia tejiendo sabiamente con los colores del alma.

- Abuelo, ¿puedo preguntarle por qué cada tarde lo veo sentado en este banco de la plaza sonriendo en dirección al Sol?”-preguntó tímidamente el niño mientras se mantenía a unos pasos de distancia, ya que no sabía qué tipo de respuesta obtendría. 
  
El anciano inclinó lentamente su cabeza, hizo una breve pausa, lo miró con gran ternura y con mucha paz le respondió:

- Estoy tejiendo.

El niño sonrió.

- ¿Cómo que está tejiendo abuelo -le dijo-, si no veo que tenga lanas de colores ni tampoco grandes agujas?

- Tejo realidades -mencionó el anciano-. Puede que parezca que aquí sentado no hago nada -continuó-, sin embargo, permaneciendo en calma hago que mi corazón cree un entorno armónico. También bendigo con mis pensamientos e intenciones a todos los que pasan por esta plaza para que tengan el mejor de sus días. Así es como voy tejiendo. Siempre los saludo con amor, les sonrío con franqueza, y si los veo medio caídos levanto mi bastón y les digo: `vamos qué se puede´. También le pido a los pájaros que me ayuden a darles fuerzas cantando, porque sus maravillosos sonidos revitalizan y sanan.

El niño estaba absolutamente asombrado. No podía creer lo que escuchaba, estaba acostumbrado a oír insistentemente que cuando uno se vuelve viejo ya no sirve para nada.

- En esta luminosa tarea de ayudar a crear entornos armónicos no estoy solo”-remarcó el anciano. Y extendiendo de par en par sus brazos exclamó- Mira la belleza que irradian los árboles, huele el maravilloso perfume que ,sin pedirnos nada a cambio, nos comparten las flores. Contempla el incansable trabajo de esas abejas, observa con cuánta libertad juegan los perros. Siente cómo te acaricia el viento. La existencia, a su modo, también está tejiendo. En mi caso disfruto tejer con hebras de luz, por eso cada tarde abro mi corazón para que los rayos del sol entren, me acaricien y se anclen en el suelo junto con mis sentimientos más puros, de manera que la madre Tierra sienta cuánto la amo. Sin importar la edad que se tenga, todos podemos ayudar a tejer el entramado de un mundo más consciente, sensible, solidario y humano haciendo que nuestras mejores intenciones viajen más allá de las fronteras. También podemos irradiar mucho amor para que las heridas se cierren, los corazones se abran y que cada uno alcance su máximo potencial descubriendo el poder transformador de las cosas simples”.

Los ojos del niño comenzaron a brillar. El anciano se acercó, le pidió permiso a través de una sonrisa y le dio un cálido abrazo.

Cuentan que el sol alumbró aún más fuerte para sumarse al encuentro. Y en ese instante, a modo de agradecimiento, el niño le susurró:

- Me voy a casa, abuelo. Tengo que ir a contarle todo esto a mi mamá, porque ella, que es de las personas a quien más quiero en este mundo, todavía teje usando lanas y agujas.


viernes, 5 de junio de 2020

Las Huellas (cuento sufi)

Un hombre corría tras un ladrón. Justo en el momento en que iba a apoderarse de él, oyó gritar a alguien:

- ¡Socorro! ¡A mí! ¡Pronto!

Pensando que había un segundo ladrón en los alrededores, dio media vuelta para socorrer a quien había gritado.

- ¿Qué pasa? -preguntó.
–¡Mira esas huellas! ¡Corre deprisa en esa dirección!
- ¡Pedazo de imbécil! ¿Qué me dices? Yo había encontrado ya al ladrón casi lo tenía. ¡Si lo he dejado escapar, ha sido sólo por tu llamada!
- ¡Yo te señalo sus huellas y esas huellas bastan para establecer la verdad! -O eres idiota o eres cómplice de ese ladrón. ¡Porque lo has salvado en el momento en que iba yo a cogerlo! ¡Y todo para mostrarme sus huellas!


jueves, 21 de mayo de 2020

Cuentos Sufi: El Loro

Un tendero poseía un loro cuya voz era agradable y su lenguaje divertido. No sólo guardaba la tienda, sino que también distraía a la clientela con su parloteo. Pues hablaba como un ser humano y sabía cantar... como un loro.

Un día, el tendero lo dejó en la tienda y se fue a su casa. De pronto, el gato del tendero divisó un ratón y se lanzó bruscamente a perseguirlo. El loro se asustó tanto que perdió la razón. Se puso a volar por todos lados y acabó por derribar una botella de aceite de rosas.

A su vuelta, el tendero, advirtiendo el desorden que reinaba en su tienda y viendo la botella rota, fue presa de gran cólera. Comprendiendo que su loro era la causa de todo aquello, le asestó unos buenos golpes en la cabeza, haciéndole perder numerosas plumas. A consecuencia de este incidente, el loro dejó bruscamente de hablar.

El tendero quedó entonces muy apenado. Se arrancó el pelo y la barba. Ofreció limosnas a los pobres para que su loro recobrase la palabra. Sus lágrimas no dejaron de correr durante tres días y tres noches. Se lamentaba diciendo: "Una nube ha venido a oscurecer el sol de mi subsistencia".

Al tercer día, entró en la tienda un hombre calvo cuyo cráneo relucía como una escudilla. El loro, al verlo, exclamó:

- ¡Oh, pobre desdichado! ¡Pobre cabeza herida! ¿De dónde te viene esa calvicie? ¡Pareces triste, como si hubieras derribado una botella de aceite de rosas!

Y toda la clientela estalló en carcajadas.

Dos cañas se alimentan de la misma agua, pero una de ellas es caña de azúcar y la otra está vacía. Dos insectos se alimentan de la misma flor, pero uno de ellos produce miel y el otro veneno.

Los que no reconocen a los hombres de Dios dicen: "Son hombres como nosotros: comen y duermen igual que nosotros". Pero el agua dulce y el agua amarga, aunque tengan la misma apariencia, son muy diferentes para quien las ha probado.


sábado, 7 de marzo de 2020

Nasrudín y la Peste (Cuento sufi)

Iba la Peste camino a Bagdad cuando se encontró con Nasrudín. Éste le preguntó:
— ¿Adónde vas?

La Peste le contestó:
— A Bagdad, a matar a diez mil personas.

Después de un tiempo, la Peste volvió a encontrarse con Nasrudín. Muy enojado, el mullah le dijo:
— Me mentiste. Dijiste que matarías a diez mil personas y mataste a cien mil.

Y la Peste le respondió:
— Yo no mentí, maté a diez mil. El resto se murió de miedo.


miércoles, 4 de marzo de 2020

Cada uno con su destino


Un samurai, conocido por todos por su nobleza y honestidad, fue a visitar a un monje zen en busca de consejos, No obstante, en cuanto entró en el templo donde el maestro rezaba, se sintió inferior, y concluyó que a pesar de haber pasado toda su vida luchando por la justicia y la paz, no se había ni tan siquiera acercado al estado de gracia del hombre que tenía frente a él.

- ¿Por qué me estoy sintiendo tan inferior? -le preguntó, no bien el monje hubo acabado de rezar- Ya me enfrenté muchas veces con la muerte, defendí a los más débiles, sé que no tengo nada de qué avergonzarme. Sin embargo, al verlo meditando, he sentido que mi vida no tenía la menor importancia.
- Espera. En cuanto haya atendido a todos los que me han buscado hoy, te daré la respuesta.


Durante todo el día el samurai se quedó sentado en el jardín del templo, viendo como las personas entraban y salían en busca de consejos. Vió como el monje atendía a todos con la misma paciencia y la misma sonrisa luminosa en su rostro. Pero su estado de ánimo iba de mal en peor, pues había nacido para actuar, no para esperar. Por la noche, cuando ya todos habían partido, insistió:

- ¿Ahora podrá usted enseñarme?

El maestro lo invitó a entrar y lo llevó hasta su habitación. La luna llena brillaba en el cielo y todo el ambiente respiraba una profunda tranquilidad.


- ¿Ves esta luna, qué bonita es? Ella cruzará todo el firmamento y mañana el sol volverá a brillar. Solo que la luz del sol es mucho más fuerte y consigue mostrar los detalles del paisaje que tenemos a nuestra frente: árboles, montañas, nubes. He contemplado a los dos durante años, y nunca escuché a la luna decir "¿Por qué no tengo el mismo brillo que el sol? ¿es que quizás soy inferior a él?"
- Claro que no - respondió el samurai - la luna y el sol son dos cosas diferentes, y cada uno tiene su propia belleza. No podemos comparar a los dos.
- Entonces, ya sabes la respuesta. Somos dos personas diferentes, cada cual luchando a su manera por aquello que cree, y haciendo lo posible para tornar a este mundo mejor; el resto son solo apariencias.


Paulo Coelho

domingo, 24 de noviembre de 2019

La Esperanza, La Libertad y la Muerte


Hace muchísimos años, en la ciudad de Ur caminaba La Esperanza con su amiga La Libertad por un mercado muy concurrido donde el aroma de especias y el bullicio de mercaderes y compradores lo impregnaban todo.

A unos pocos metros de distancia un hombre que caminaba a unos metros por delante se desvanecía, cayó al suelo y al momento vieron como La muerte lo abrazaba y trataba de que su alma le acompañase entre sollozos y protestas compungidas del hombre…

- No ha llegado mi momento, no he vivido lo suficiente, ¿qué va a ser de mi familia y de mis posesiones que con tanto esfuerzo he atesorado? -argumentaba el pobre desdichado…

La libertad, al ver lo mal que lo estaba pasando el hombre, se acercó y le preguntó a La muerte…

- ¿Cómo nos podemos librar de tu abrazo?...

Y la muerte le contesto…

- Acompañadme y lo descubriréis por vosotros mismos…

Desde entonces muchos seres humanos llegan a este mundo llorando entre muestras de alegría y de felicidad de padres y familiares y se van alegres y contentos entre muestras de tristeza de las personas más allegadas… Han vivido sabiendo que tenían que morir y han muerto sabiendo que han vivido…


Cuentos de Manu (2016)




lunes, 27 de mayo de 2019

Cuento popular


Había una vez un anciano y un niño que viajaban con un burro de pueblo en pueblo. Puesto que el asno estaba viejo, llegaron a una aldea caminando junto al animal, en vez de montarse en él. Al pasar por la calle principal, un grupo de niños se rió de ellos, gritando:

- ¡Mirad qué par de tontos! Tienen un burro y, en lugar de montarlo, van los dos andando a su lado. Por lo menos, el viejo podría subirse al burro.

Entonces el anciano se subió al burro y prosiguieron la marcha. Llegaron a otro pueblo y, al transitar entre las casas, algunas personas se llenaron de indignación cuando vieron al viejo sobre el burro y al niño caminando al lado. Entonces dijeron a viva voz:


- ¡Parece mentira! ¡Qué desfachatez! El viejo sentado en el burro y el pobre niño caminando. 

Al salir del pueblo, el anciano y el niño intercambiaron sus puestos. Siguieron haciendo camino hasta llegar a otra aldea. Cuando la gente los vio, exclamaron escandalizados:


- ¡Esto es verdaderamente intolerable! ¿Han visto algo semejante? El muchacho montado en el burro y el pobre anciano caminando a su lado.
- ¡Qué vergüenza!

Puestas así las cosas, el viejo y el niño compartieron el burro. El fiel jumento llevaba ahora el cuerpo de ambos sobre su lomo. Cruzaron junto a un grupo de campesinos y éstos comenzaron a vociferar:


- ¡Sinvergüenzas! ¿Es que no tienen corazón? ¡Van a reventar al pobre animal!

Estando ya el burro exhausto, y siendo que aún faltaba mucho para llegar a destino, el anciano y el niño optaron entonces por cargar al flaco burro sobre sus hombros. De este modo llegaron al siguiente pueblo. La gente se apiñó alrededor de ellos. Entre las carcajadas, los pueblerinos se mofaban gritando:


- Nunca hemos visto gente tan boba. Tienen un burro y, en lugar de montarse sobre él, lo llevan a cuestas. ¡Esto sí que es bueno! ¡Qué par de tontos!

La gente jamás había visto algo tan ridículo y empezó a seguirlos.


Al llegar a un puente, el ruido de la multitud asustó al animal que empezó a forcejear hasta librarse de las ataduras. Tanto hizo que rodó por el puente y cayó en el río. Cuando se repuso, nadó hasta la orilla y fue a buscar refugio en los montes cercanos.


El anciano, triste, se dio cuenta de que, en su afán por quedar bien con todos, había actuado sin cabeza y, lo que es peor, había perdido a su querido burro. Así que decidió hablar con el niño y le dijo: “Mira, así como el burro, estarás perdido si escuchas demasiado la opinión de los demás... Son muchos, y cada uno tiene su pensamiento, por lo que dirán siempre cosas diferentes. Si escuchas a los otros en lugar de a ti mismo, siempre irás de un lado a otro sin rumbo propio”.






Me gustaría acabar con una cita de Albert Einsten la cual describe perfectamente la moraleja de la historia:


“Preocúpate más por tu conciencia que por tu reputación, porque tu conciencia es lo que eres, es tu problema. Tu reputación es lo que otros piensan de ti, y lo que piensen los demás es problema de ellos.