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lunes, 26 de febrero de 2018

El nuevo jefe


Era nuevo en el equipo directivo de la empresa. Su espíritu de lucha y su constancia en pisar fuerte hasta lograr los objetivos de la empresa lo catapultaron a dicho puesto. Una de sus tareas el primer día que se sentó en la nueva mesa de dirección adjunta fue firmar una carta de despido a un trabajador. Prácticamente la leyó después de firmarla. Sus ojos quedaron fijos en la secretaria que le había pasado el folio a firmar y sintió que un espeso sudor le brotaba desde dentro. Sacó una toallita húmeda de su mesa de escritorio y tras pasarla por su frente se limpió las manos y entre los dedos con firmeza. Pronto se dio cuenta que estaba haciendo lo mismo que Pilatos. Sintiéndose libre de culpa se lavaba las manos como él.

Y cuando la secre estaba ya abriendo la puerta para salir la llamó con voz fuerte diciéndole: Pues no, este obrero no ha acabado sus horas de trabajo. Estudiaré su caso personalmente y veré qué podemos hacer para que su familia no comience una etapa de tribulación. La secretaria, sonriente, con el folio extendido, pero sin soltarlo aún de sus manos, le respondió: Recuerde que usted no es su compañero de trabajo sino su jefe. El silencio reinó en el despacho, y después de un prudente espacio temporal volvió a marcharse, cerrando suavemente la puerta y sin haber soltado el folio de su mano. Él se acercó a la ventana, un octavo piso en una calle principal y mirando desde arriba el panorama urbano se preguntaba cómo podía mantenerse equidistante de los problemas de los trabajadores sin exaltarse ante los éxitos ni hundirse en las desventuras.

Y era solo su primer día como jefe.



jueves, 30 de marzo de 2017

Una noticia más


Es una tragedia habitual convertida solo en noticia. Que 3.800 personas hayan perdido la vida intentando cruzar el Mediterráneo en el 2016 ya solo causa indiferencia europea y no provoca lágrima alguna. Es eso: una noticia. Una noticia más. Casi que como los premios de la lotería. Los que pueden resolver el problema se lavan las manos mientras siguen extrayendo las riquezas oportunas del continente negro. Los que no tenemos la solución, pero juntos podríamos forzarla, nos limitamos a ver las imágenes en la tele al tiempo que unos dicen “si saben lo que les va a pasar por qué vienen” y otros lo contamos. Ojalá no hubiéramos perdido la capacidad de llorar y que nuestras lágrimas pudieran apagar el fuego de la desesperación de los que, sabiendo que mañana morirán de hambre si siguen allí, intentan alargar sus vidas unos días más huyendo a otro lugar. Menos mal que también para nosotros, nunca es tarde para cambiar.