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martes, 2 de junio de 2020

Aprendizaje o marginación

Hemos entrado en la sociedad del aprendizaje, que se rige por una ley implacable:

“Toda persona, toda empresa y toda sociedad, para no quedarse atrás, tiene que aprender al  menos a la misma velocidad a la que cambia el entorno”. Y si quiere progresar, deberá hacerlo a más velocidad aún. Podemos discutir si son galgos o podencos: si calidad o equidad, si concertada o pública, si el esfuerzo es de derechas y la imaginación de izquierdas, si debemos tener una educación centralizada o descentralizada. Pero mientras seguimos empantanados, el mundo sigue su curso. Necesitamos una movilización de toda la sociedad.

La escuela no basta para tener éxito en la Sociedad del aprendizaje. No solo deben aprender los alumnos, sino también los profesores, y los centros, y las empresas, y el sistema judicial, y los políticos, y toda la ciudadanía. O aprendizaje de todos, incluidos los que parecen saber más, o marginación o vueltas a empantanarnos en un mundo de pocos con muchísimo.

José Antonio Marina


jueves, 14 de noviembre de 2019

Juventud

Ágil y dinámica como su trabajo requiere. Su juvenil edad también se lo facilita. Asume el riesgo de continuar la ingente labor de quien le ha precedido en dicho trabajo, combinándolo con la maestría de una profesional que ha de saber responder con planes de hoy a problemas de siempre.

La ciencia, las nuevas tecnologías dan Hoy respuestas creativas.


Por eso se buscan trabajadores que den alternativas a los problemas de hoy; Que sepan identificar y analizar el problema; que tengan claro los criterios a aplicar a la hora de dar una respuesta correcta; que definan la prioridad para atender el problema, de todo lo cual saldrá la mejor decisión que, a la vez dé una respuesta a lo planteado, ponga a trabajar la maquinaria necesaria para que además crezca el prestigio de la empresa.




sábado, 28 de septiembre de 2019

I robot


Ése es el título de una histórica novela de Isaac Asimov -también de una película con temática relativamente similar-, en la que el autor enunciaba las tres conocidas leyes de la robótica-, según las cuales:

1.- Un robot no hará daño a un ser humano o, por inacción, permitirá que un ser humano sufra daño.
2.- Un robot debe obedecer las órdenes dadas por los seres humanos, excepto si estas órdenes entrasen en conflicto con la 1ª ley.
3.- Un robot debe proteger su propia existencia en la medida en que esta protección no entre en conflicto con la 1ª o la 2ª Ley.


Hasta ahí todo perfecto; perfecto si no fuera porque esas leyes nunca se cumplen. Los “drones”, cuyo uso no ha hecho más que empezar, ya han sido utilizados en acciones militares y, casi con toda seguridad, habrán causado la muerte de alguna persona o algunas personas. Pero no hace falta llegar a esos extremos para entender que la presencia de robots no es inocua en la actividad cotidiana de la gente. Muchas veces para bien, pero otras no tanto.

Muy recientemente, el Juzgado de lo Social nº 10 de Las Palmas de Gran Canaria acaba de sentenciar la improcedencia de un despido de una trabajadora, con una antigüedad de 13 años en una empresa, que había perdido su trabajo al ser sustituida, sin más, por un programa informático. El motivo: la productividad (hecho seguramente cierto) como motivación fundamental para la decisión.


Pero este hecho ni es nuevo ni, a veces, es tan evidente. Infinidad de puestos de trabajo se han perdido en los últimos años en todas las industrias y servicios en las que ha irrumpido la revolución tecnológica de las dos/tres últimas décadas.

Un robot -una máquina- no se fatiga, no tiene una jornada laboral regulada, no reclama derechos sociales, aumentos salariales… y cuando se vuelve obsoleta y sale del proceso productivo por su obsolescencia, no reclama una pensión digna a costa de un estado, que ha de recaudar los recursos necesarios para pagárselo.

Oponerse a esta transformación es además inútil. Va en contra de la Historia y de la naturaleza humana. Pero, tarde o temprano, habrá que encontrar mecanismos que aseguren condiciones sociales satisfactorias para los desplazados (y todos somos susceptibles de serlo…) actuales y futuros.

Ignoro si la solución es que “los robots también paguen impuestos” (es decir, sus propietarios o empleadores). Pero no estaría de más empezar a planteárselo.



lunes, 23 de septiembre de 2019

Fresas, fresas, fresas


Me encantan las fresas. Desde pequeño las pedía en el postre cada día. Y cada día sonaba igual la respuesta de mi madre: en mayo, mi hijo, que es su mes. Y así fue.

En mayo me convertí en un adicto a la fresa, pero desde que la ingeniería genética descubrió qué las fresas también podrían cosecharse los demás meses del año, la casa fue pintada de morado.

Pequeños cambios, ya lo sé, que vienen de la mano de esa revolución tecnológica constante tan de nuestros días. Nada comparado, por supuesto, a descubrir un nuevo fármaco, capaz de acabar con una pandemia hasta ahora intratable, o a descubrir vida en algún exoplaneta lejano al cual, de todas formas, no tenemos por ahora la posibilidad de acceder.

Da igual, lo que tengo claro es que el mundo -mi mundo- es más feliz con fresas todos los días.