viernes, 28 de abril de 2017

Gracias a ti, Vida (y 2)

¡Oh, vida, gracias a ti que me has dado tanto¡

Gracias a la vida que cantan Alberto, Violeta, Mercedes y otros tantos que en el mundo hemos sido agradecidos.

Gracias a la vida te conocí, nos conocimos, nos perdonamos y nos seguimos queriendo. Ella nos ha dado un nombre que nos identifica, y con él hemos recorrido sitios y lugares y permanecemos allí donde en buena armonía nos dejen y dejemos. Es la vida nuestro título más preciado, mis fueros más solemnes, mi fiesta de cada día. Por ella hemos comenzado a tener una historia, ya sabemos hablar del ayer, e intentamos vivir el momento que a cada instante la vida nos deja.


Ella es quien me ha permitido me confirmen viejo, calvo y también cansado, con algunas heridas que intento no dejen huella en mi carne y/o en mi espíritu. Al contrario, seguimos mirando hacia el horizonte y lo que vemos no es una luna tenebrosa, ni una mezquina luz. Aquello es la estrella de la mañana que nos espera para, contigo oh Vida, seguir andando y sembrando a nuestro paso. Otros vendrán más tarde y serán tus posteadores.


jueves, 27 de abril de 2017

Gracias a ti, Vida (I)

Hoy quiero saludarte especialmente a ti, Vida.

Detectives, eruditos, científicos, ecologistas, historiadores, teólogos, comerciales, manteros, escritores y un largo etcétera de grupos con sentido común -y sin él- han querido desentrañarte desde lo más hondo y no han podido. Aún siguen en ese empeño y cuando creen haber avanzado descubren hay un espacio por venir.

Tú eres la que trajo al mundo la palabra justicia y también libertad. Muchos, poniéndote zancadillas y enjaulándote por pequeños instantes, han querido echarte encima la causa del hambre y de las guerras entre hermanos. Porque tú eres la que ha desentrañado la humana y divina locura de la historia de la Humanidad.

Nada ha sido vergonzoso e inocente para ti, y cuando todo parecía haber acabado has renacido como el Fénix desde las mismas cenizas. Te recuerdo, Vida, jugando muchos y variados papeles. Te he visto en los oficios más villanos y en los puestos de responsabilidad más altos. Te he visto en los escombros y desperdicios y también brillando como caída del cielo en la noche de fiesta más luminosa. Te he visto haciendo fuego con las piedras en la época primitiva y tirando del carro medieval de unos titiriteros muertos de hambre, al igual que acompañando a los astronautas en sus paseos por las plazas del espacio sideral. Te he visto en un pesebre vacío y saltando las alambradas verjas de los que solo te quieren para ellos y luchan para que otros no disfruten de ti. Te he visto muriéndote, muerta ya y, sin embargo, al volverme de despedirte encontrarme de nuevo contigo.

¡Oh, vida, gracias a ti que… (continúa en el siguiente post)




miércoles, 26 de abril de 2017

La soledad de los mayores

92 años. Hace dos que se quedó sola. Mujer activa en variadas dimensiones de la vida, pasó a una residencia de ancianos donde se suponía va a estar en una comunidad. No tiene familia. Solo unos amigos que viven lejos, en otras provincias distantes, y que un par de veces al año van a visitarla. Hace poco manifestaba su alegría porque estaban allí con ella, dedicándole su tiempo los cinco días de su estancia. Al segundo día de estar allí, le dio a sus amigos una nota escrita, de su puño y letra: “Estoy contenta y agradecida. Ha sido un regalo porque me ha venido sin esperarlo y sin pedirla. Gracias a Dios aún tengo algo: un amigo”. Aquello dio pie a una interesante conversación de los dos.

- Si tan agradecida estás, como es que cada rato cuando hablamos por teléfono, y ayer mismo, me dices “estoy triste, triste”. También sueles decir: “la vida ha sido generosa conmigo y no necesito nada”. 

Y yo me pregunto: ¿Por qué estás triste, entonces?

- “Estoy triste, le contestó, porque no hago nada. Siempre he hecho algo. Y ahora no”. ¿Y qué te gustaría hacer, pues? “Ahora ya no puedo hacer nada, más que vivir”. Y continuó: “Dicho así parece que no tiene sentido. Pero tiene sentido porque yo lo necesito. No sé si el problema es que estoy sola. Soy de carne y hueso, y a veces la soledad hace daño, duele. Creo en Dios y todo queda ya dicho y hecho. Pero mi vida hoy es vegetar. Como vive un animal que vive porque no ha muerto”. Y seguía explayándose con su amigo: “Me siento tan inútil, tan poca cosa que me pregunto: ¿Qué hago yo aquí ahora? ¡Vivir a costa de otros! Soy muy mayor y no me he olvidado cuando no lo era y era útil para algo. Ahora no soy útil para nada”.

Y en éstas, su amigo que le pregunta:   

- ¿Te gustaría entonces irte de aquí ya? “Yo no pienso lo que me gustaría. Es triste saber que eres un peso para alguien. Y eso un día, y otro día. Pero tampoco me planteo irme de aquí ya para otro sitio. Eso no depende de mí. “Siempre he vivido en función de los demás. Y ahora vivo yo a lo tonto.” Y terminó diciéndole a su amigo: “Ya te harás tu mayor y verás las cosas desde otro punto de vista, pues es otra realidad”.



Aplicándome yo estas últimas palabras, pues todos vamos creciendo en edad, pienso que el problema de la soledad no deseada en las personas mayores es una consecuencia del modelo de sociedad que tenemos. No hemos logrado aún una sociedad amiga de la gente mayor que defienda no solo un proyecto de muerte digna sino también un proyecto de vida digna, con amor y compañía. Si alguno ha visitado una o varias residencias de ancianos será fácil estar en sintonía con ello. Dos palabras sencillas podrían tener ese proyecto digno: amor y hogar.





martes, 25 de abril de 2017

Razones irrazonables

Juan se sentía inferior a sus vecinos, sobre todo al del 32 izq. Hablaba con voz más alta,  sentía como si le estuviese dando órdenes. Comentándolo con unos amigos del colegio éstos le hicieron desistir de la idea. “¿Por qué se consideraba inferior? Puede que en algunas cosas tenga más conocimiento que tú, pero darlo por hecho como sistema es algo irrazonable”.

“Te diré una cosa -le comentó un compañero- En mi clase hay uno que se comporta así, pero lo he descubierto. Tiene un complejo de superioridad de tres pares de narices”.

Y es que cada día estamos dando a conocer las manifestaciones de nuestra naturaleza inferior: podemos tener un mal día, pero eso no nos debe conducir a un estado de desánimo. No puedo. No soy lo suficientemente bueno.

¿Qué hacer ante estas cosas? Yo al menos desconfío de lo que viene de ahí. No tengo unas orejeras que me impidan mirar a todos lados. Podrás comprender a los que piensan así pero de ninguna manera estás llamado a seguirle en sus viejas actitudes propias de cuando estábamos a oscuras


De vez en cuando nos salen fuera cosas de nuestra naturaleza inferior. Desconfiemos de ella, tratemos de que no nos convenza y no le demos la razón. Si quieres le damos el beneficio de la «razón irrazonable», diciendo: «Bien, es la que es por motivos que sin duda fueron válidos en el pasado, en un cierto estado de la evolución, cuando el hombre, al igual que el animal, debía obedecer a sus instintos para sobrevivir. Pero ahora, en un estado más avanzado de la evolución, la Inteligencia cósmica tiene otros proyectos para mí.» Juan salió convencido de lo que le había aportado su amigo. Para algo había estudiado psicología y el, sin embargo, se había quedado con las fórmulas de la química.