En casa nunca hablábamos de
él. Y menos en presencia de mi madre. Es como si en un momento determinado, en
la historia de la familia hubiera habido un antes y un después, y en medio, un
periodo de tiempo indefinido, en el que la niebla del olvido hubiera caído
sobre todo y sobre todos.
Cualquier intento de conocer algún detalle más
por parte de alguno de nosotros -y juro por mi alma que no era por morbo, sino
por lógica curiosidad- chocaba contra un muro de evasivas, de ambigüedades- que
acababan desanimando al más pintado. Se notaba que tras de aquella actitud se
acumulaba un dolor desgarrador, tan antiguo como las pocas fotos que de
aquellos años había conservado la familia. En todas las imágenes conservadas se
había usado mismo proceder . Alguien había arrancado su rostro, con la misma
saña con la que los sacerdotes egipcios machacaban las figuras de los faraones
caídos en desgracia y a quien querían condenar al olvido, dejando que la diosa Ammyt devorara su alma.
No se pueden pedir imposibles
y ahora lo comprendo, pero hubiera preferido conocer los detalles de otro modo.
Es duro asumir que aquel hombre, cuyo rostro nunca conoceré pudo llegar a
actuar de aquel modo. Nadie sabe las razones. Mejor dicho, nadie las intuye
siquiera. Nadie sabe por qué una mañana de martes aquel joven -hermano gemelo
de mi madre, inteligente y cabal hasta el momento- se levantó, desayunó en
silencio y se dirigió hasta donde mi abuelo -su marido- guardaba su vieja
escopeta de caza, la cargó con dos cartuchos, se dirigió hasta la estancia en
la que su madre tejía una rebeca para él o su hermana -mi madre- y, con la más
absoluta calma le disparó a bocajarro, para acto seguido hacer lo propio
consigo mismo.
Comprendo el silencio ahora
que yo también soy partícipe del secreto. ¿Cómo admitir que en el seno de tu
familia convivías con el asesino de tu propia madre?
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